Para el Palau de les Arts, ni pipas

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Jesús Civera

Antes de la tetralogía de Wagner, el Gobierno podía albergar sus dudas. Después de la apoteosis del Anillo, que ilustra el universo musical, de Cantón a Nueva York, las objeciones del Ministerio suenan a torpes evasivas. ¿Bajo qué criterios ha de ampararse González Sinde para justificar el desfallecimiento presupuestario que recae en el Palau de les Arts frente al volumen dinerario que cede al Liceo de Barcelona, a la Maestranza de Sevilla, al Real de Madrid o al ABAO de Bilbao? Había uno y es subliminal, vaporoso y antiguo. La Generalitat levantó el Palau de les Arts sin complicidades previas con el Gobierno: no hay representantes en su patronato. Hasta hace un año no se les había invitado. ¿Por temor a que fiscalizaran las cuentas? El Gobierno está representado en el consejo del Liceo, en el de la Maestranza y en el del Real. Y aporta al primero 12,8 millones (8,6 tras al recorte) cuando su gestión global suma 56; al segundo le da 1,6 (con cuatro millones de presupuesto total) y al tercero le entrega 18 millones para un gasto total de unos cincuenta. El Palau de les Arts, que necesita cincuenta millones para funcionar a pleno rendimiento, recibe 1,2. Si bien es cierto que produce menos óperas (y que sus cuentas son un enigma: se resisten a ser transparentes), las cifras no engañan. La discriminación que denuncian Zubin Metha, Trini Miró y Helga Schmidt es irrebatible. El Palau de les Arts no es perezoso, no se entrega a la ineficacia operística, no ofrece gato por liebre, ni fabrica producciones de segunda regional. Todo lo contrario. Aun a costa del soportar el contribuyente valenciano los abundantes costes y la megalomanía del proyecto, sus figuras y sus producciones –queda reseñada la tetralogía de Wagner como emblema– igualan o superan el firmamento estelar planetario: pocos centros operísticos han nacido apareándose con Maazel y gestando su identidad bajo el influjo de Metha. El boceto lo han dibujado los mejores arquitectos de las fusas, o al menos los que ostentan una marca acreditada, atraídos por la llamarada de Schmidt.
La marginación del Gobierno resulta, pues, un espectáculo oneroso. Y manufactura las consecuencias locales inherentes: victimismo, protestas y quejas. ¿Qué alega en su disculpa el Gobierno? Humo frente a las cifras cotejadas con los otros coliseos, argumentos inicuos ante la embrionaria solidez de Les Arts. En todo caso, lo que convendría reprobar de la operación del Palau de les Arts no es materia ministerial, aunque no sea poca materia. El edificio es el delirio de un gigante, los costes de gestión son enormes e inasumibles, los múltiples escenarios nunca han funcionado en paralelo y nunca lo harán, la inmensidad del espacio supone su maleficio orgánico. Las ideas pueden ser bellas pero hay que aplicarlas después. Y han de ser sensatas: las recesiones económicas también forman parte de nuestras vidas.

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