Renovables

 05:30  

Francisco Arnau

El Gobierno, al aceptar la propuesta del ministro de Trabajo y proceder a reformar las normas laborales, ha querido elegir el ya antiguo método de modificar un buen número de ar-
tículos de textos legales anteriores. No solo el Estatuto de Trabajadores, sino también otras leyes, como la Ley General de la Seguridad Social, la de Empleo, la de empresas de trabajo temporal y otras. El resultado es un texto final profuso y, para muchos, confuso, que obligará a los expertos a un detenido estudio, aunque aliviará a la vez a las editoriales jurídicas a ir superando la crisis.
Aun siendo esto disculpable desde el punto de vista del método, en cuanto al contenido no lo parece tanto. A ningún responsable político se le exige ser joven, pero sí tiene, en cambio, la obligación de ser moderno. La modernidad empieza por tomar conciencia de las nuevas realidades que en el mundo del trabajo son constantemente cambiantes.
De ahí que, teniendo esto en cuenta, habría sido más ajustado proponer una nueva constitución social, que eso es en definitiva el Estatuto de los Trabajadores, con menor número de dictados y mayor margen dejado a la decisión de empresarios y trabajadores en su negociación colectiva.
Respecto al contenido, habrá que recordar que, según se dijo, la crisis había que convertirla en oportunidad de mejora de nuestra situación de cara al futuro. En esta perspectiva, la reducción de costes del despido, por ejemplo, parece obedecer más bien a la intención de ir tapando agujeros o de salir al paso de dificultades coyunturales que a la necesitad de llevar a cabo un cambio estructural profundo de las instituciones laborales.
La nueva realidad del mundo del trabajo, así como las modernas tendencias de las legislaciones mas avanzadas van por otro camino. Desgraciadamente, estas últimas o se ignoran o se finge muy bien que no se conocen. Tal vez al centenar de economistas les faltó la compañía de algún que otro jurista con la que poder compensar tanta contabilidad analítica.
Las nuevas tendencias, apoyadas por gobiernos, sindicatos y empresarios de todo el mundo, incluidos los nuestros, aunque en el exterior de nuestras fronteras, marcan por ejemplo que no es el concepto etéreo de «economía sostenible» el mejor para orientar una acción política precisa y definida dirigida a un resultado concreto sino el más determinado y menos disperso de «empresas sostenibles». El concepto, homologado internacionalmente como digo, de «empresas sostenibles» encierra todos los condimentos necesarios para el progreso social y, por tanto, para la recuperación de la crisis. Esto es: rentabilidad, respeto a los derechos de los trabajadores y cumplimiento de las exigencias del medio ambiente. En su omisión seguramente subyacen prejuicios vinculados a la relación capital-trabajo que siguen en el subconsciente y que dan lugar al fantasma de la equivalencia de empresario igual a explotador. Cierto es que las empresas del sector financiero no han ayudado en nada a su evanescencia pero, a cambio, podrían tomarse como ejemplo aquellas empresas que han hecho de la sincera responsabilidad social un código de conducta.
Ninguno de estos empresarios que están al día rehúye la intervención del Estado en las relaciones laborales. Es más, hasta en el foro económico por excelencia, el que tiene lugar en Davos, se exigió que el Estado pusiera orden no solo en lo que afecta a las relaciones comerciales. Pero poner orden en el mercado laboral obliga previamente a las administraciones de trabajo a ordenarse y a coordinarse entre sí mismas para ser efectivas en su prestación de servicios a trabajadores y empresarios. Ocasión perdida cuando en España contamos con diecisiete administraciones laborales con criterios distintos en la ejecución de las leyes de trabajo y hasta con incentivos variados para la contratación, en un mercado laboral único.
Es aceptable, por otro lado, el impulso dado para la contratación de jóvenes parados que contiene la reforma. Sin embargo, cuando la población española, al igual que la europea, envejece, la nueva norma olvida y relega este hecho prescindiendo de los criterios internacionales que aconsejan facilitar la recolocación de trabajadores mayores y la posterior estabilidad en un trabajo en condiciones adaptadas a su edad. La jubilación es materia aparte, pero si se tiene la intención de prolongarla ahora es la ocasión para aliviar tal carga.
La formación es clave para el ingreso en el mercado de trabajo. Pero, no nos engañemos, la estabilidad o permanencia en el empleo dependen también de las capacidades puestas al día en cada momento. Habría que observar, a este respecto, a los trabajadores daneses y a los estímulos con que cuentan para innovar en el puesto de trabajo por participar en los resultados de las innovaciones producidas por ellos.
Sería inacabable la relación. Para acortar, basta con concluir pidiendo al Parlamento que reconsidere la reforma con la ventana abierta a lo que ocurre aquí y en otros lados. Al símbolo de una época representado por el tipógrafo le sustituyó el del tornero industrial y hoy el nuevo símbolo podría ser el del informático o el del trabajador dedicado a las energías renovables o ponga usted su nombre porque si hoy estableciéramos un nuevo símbolo mañana, tal vez, habría ya que cambiarlo.

Ex especialista principal en administración de trabajo en la OIT

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