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En Flandes se pone el estado

 05:30  

R. Ventura-Melià

Es un verdadero ejercicio de alta comedia el que realizan los jefes prominentes de Francia, Holanda y Alemania, y no digamos Von Rompuy y Catherine Ashton, para no decir ni media palabra sobre lo que sucede y puede suceder con Bélgica, uno de los fundadores del Comecon, la Comunidad Europea. Para acabarlo de coronar, Bélgica toma el relevo de España en la presidencia rotativa semestral de la UE. Mejor, imposible. La consigna de mejor no meneallo parece tener efecto. Es más fácil ocuparse de Armenia, Chechenia o de Kosovo que hablar del patio de casa.
La victoria del partido independentista ha puesto sobre el tapete el acelerado proceso de descomposición del Estado belga, cuya desintegración viene de lejos, y que ha quedado sin nación, porque su estructura federal no ha impedido el proceso de dispersión. El ganador de las elecciones no oculta su satisfacción y habló de «evaporar Bélgica». Va a aplicar una reducción del Estado, sin duda, de acuerdo con la cocina moderna.
El Estado belga, nacido en 1830, había conocido varios avatares, alguno junto al Reyno de las Españas, dentro de la monarquía de los Habsburgo. En el siglo XVII ya se separaron las 17 provincias del norte y Flandes quedó disminuido. Luego Luis XIV se empeñó en llevar las fronteras de Francia hasta el Rin (Josep Pla lo cuenta de maravilla en «Sobre París i França»). Y durante 15 años estuvo federado con Holanda antes de alumbrar un nuevo reino con un Sajonia-Coburgo con corona, en el siglo XIX. El daño mayor y más profundo lo infligió el rey Leopoldo II de Bélgica, ese tirano depredador, que se inventó como emperador del Congo, a su gloria y enriquecimiento, y el crimen organizado se extendió hasta 1920, poco más o menos.
Mientras, en una paradoja de la historia, de la que da cuenta Hannah Arendt en su magistral ensayo «Imperialismo», el Estado fue literalmente devorado por el imperio, por el interés particular y la codicia, y dio de sí una burocracia paralela, secreta, dedicada a la piratería y extorsión, que sólo en el siglo XX trató de maquillarse, dejando a Bélgica más pobre y a la familia real como una de las más ricas del mundo. La documentación, oculta y a buen recaudo. Una herencia de ignominia.
Por lo que se adivina, Bélgica no llegará a cumplir 200 años; es un período algo más que Yugoslavia, algo más que Checoslovaquia, ambas desmembradas, y puede que más que la fórmula de Austria/Hungría alumbrada tras inventarse Prusia el Imperio Alemán, que tampoco ha sido longevo. Este desgarramiento no ocurre en el Cáucaso, no en una república ex soviética, sino en el corazón de Europa, y de la Unión Europea. Por ello van con pies de plomo y se atan las lenguas. Temen la interferencia y la reacción de Sarkozy por los francófonos de Valonia o de Holanda por los que hablan neerlandés en Flandes, más poblada. Por ello no habla Van Rompuy, que era primer ministro y es de la derrotada Democracia Cristiana, y sabe lo que se juega. Y Ashton no habla porque hay que sacar consecuencias y podría extrapolarse en un futuro próximo a Escocia, tras el descalabro de su partido laborista. De seguro que en el País Vasco y Cataluña ya toman buena nota, a la espera de ver cómo se desarrollará la evaporación del Estado.
Estas elecciones han mostrado que ha pesado más el gancho sentimental de tierra o territorio, de lengua, de pertenencia, que de clase, de conflicto social, a consecuencia de la crisis. El interclasismo se refuerza, se puede hablar en nombre del pueblo, de la deuda histórica, y la estructura federal no ha bastado para frenar la oleada. La inmigración, la industrialización y la demografía han hecho el resto.
El Estado sufrirá una crisis de adelgazamiento. Con lo que pretenden los liberales y los conservadores, cuanto menos Estado, mejor. Y como ya en el seno de la Unión Europea el peso de lo más importante lo decide Bruselas, en este caso Bruselas vacía la propia administración belga, haciéndola más inútil y aparente. Alberto II puede ser el último rey de los belgas —su padre Leopoldo III era un Sajonia-Coburgo y recibió la herencia de su tío-abuelo Leopoldo II—. Es hijo del rey a quien hicieron abdicar en los 50 y de su segunda esposa, tras la muerte en accidente de la reina, la madre de Balduino I. Un rey de opereta para el final de una ficción hija de la Santa Alianza y la política de equilibrio europeo.

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