Supongamos que el Museo San Pío V adquiere una obra de Vermeer (y que la presenta Camps en sociedad, en lugar de enseñar cada año la Fórmula 1, los veleros, el tenis y cosas así: al fin y al cabo se trataría también de un fenómeno internacional). Supongamos que los devotos valencianos del pintor holandés se echan a la calle a celebrarlo. Cincuenta o sesenta sujetos tocando el claxon de sus automóviles durante todo el día y toda la noche y bañándose en cada fuente pública que les saliera al paso. Acabarían en el cuartelillo detenidos, acusados de vulnerar las normas básicas de la convivencia. O coronarían su latría por Vermeer en el interior de un manicomio, depende de los valores sociales de los tribunales y autoridades que analizaran la cuestión.
Sin embargo, así se comportó el miércoles hasta altas horas de la madrugada un centenar de aficionados al fútbol —que usan el fútbol como coartada para exponer sus desmanes, mejor— tras el triunfo de la selección española. No liquidaron su júbilo descorchando una botella de cava en la intimidad de su casa, asumiendo que su alborozo ha de respetar también las reglas del orden cívico. Condenaron a Valencia entera a ser rehén de su estrépito. Si son inconscientes, inciviles o vándalos, no lo es la policía: para eso está. ¿Cuántas multas impuso por transgredir lo ya prohibido? ¿Dónde reside la diferencia entre los aficionados a Vermeer, a los que enjaularían, y esos bárbaros dueños y señores de la calle y de la vida de los demás? ¿En el atenuante del número? ¿En que son más? ¿Es legítimo el asesinato si lo ejecuta una masa? ¿Lo es la violación si la cometen mil personas? La gradación no disculpa el «delito». (Por cierto, son más las personas que intentan conciliar el sueño que los animadores del desmán.) A no ser que nos pongamos como se puso Canetti: la psicología de la masa es distinta de la del individuo.
En cualquier caso, Barberá, el concejal del ramo o las autoridades pertinentes poseen la facultad, porque así se la hemos otorgado, de detener la pequeña jauría alborotadora y de devolver el orden convivencial. Sin ningún ucase. Sólo haciendo cumplir las reglas. Las ciudades no son sino eso: un territorio fundado a través de un pacto de colaboración y respeto mutuo a partir del cual los ciudadanos obtienen beneficios. La policía guarda el territorio y vigila los códigos. Al menos, eso creíamos hasta el momento.