La red de espías supuestamente desmantelada en los Estados Unidos es una cosa muy poco seria. Al fiscal del distrito le va a resultar difícil convencer al jurado de que esa decena de ciudadanos comunes son una amenaza para la seguridad nacional, que sufre mucho más por mano de las propias entidades financieras o a causa de BP, la petrolera que llenó de chapapote la geografía de Louis Armstrong. Y el trabajo del fiscal no se hará más llevadero gracias a Anna Chapman, la pelirroja buenocha que tenía un papá en el KGB, por mucho que tenga ojitos de Mata Hari, esas cosas sólo valen ahora para ligar en Facebook.
Se ha hecho realidad —hay que tener cuidado con lo que se imagina, el cielo suele materializarlo— el ensueño de los hermanos Coen en Quemar después de leer: una red inexistente al servicio de un espionaje imposible para una potencia aliada. En esta deliciosa comedia macabra lo único que quedaba en pie de las viejas historias de espías era la ensalada de muertos y los gastos endosados al contribuyente. Un espía de verdad no se apunta a las barbacoas ni trabaja en una inmobiliaria. Es un principio bien conocido que el esfuerzo por adaptarse al entorno desemboca no en un camuflaje perfecto, sino en la integración en el paisaje como una pieza mueble más. Si vivían como americanos es que eran americanos, incluso en la aspiración a ganarse un sobresueldo mediante la transmisión de informaciones tan vitales como el precio del metro cuadrado de solar en Queens o el número de clubs de fans de Pau Gasol.
Para tener algo que vender hay que llegar a la cúpula de una gran empresa de informática o biotecnología, tener acceso de nivel cuatro al Pentágono o, como mínimo, hacerse amigo de Paris Hilton, cuya capacidad desestabilizadora no es menor que la de Al Qaeda, incluso antes de emborracharse. O sea que si querían entretenernos con una historieta de Mortadelo y que nos olvidáramos del desastre de Afganistán o del atolladero económico en el que nos metieron, lamento decir que no cuela.