El Consejo General del Poder Judicial aclaró que fue el propio juez de Orihuela, Carlos San Martín, quien impulsó las ya célebres notas emitidas por el Tribunal Superior de Justicia de la Comunitat Valenciana, cuyo responsable es Juan Luis de la Rúa, y que desataron una tempestad nacional. Sólo faltó Charles Laughton para darle forma. Lástima que la Vega Baja no sea Washington. No hacía falta la aclaración. El primer comunicado del TSJCV lo precisaba en su primer párrafo: «...el juzgado de Primera Instancia número 3 de Orihuela quiere comunicar lo siguiente». Como cada cual observa lo que acontece según sus propios anteojos, y la vida se cimenta en los apriorismos, la bancada progresista se apresuró a echar toda la culpa del texto al TSJCV de De la Rúa y sus «compinches», ya que destilaba una armonía profética con la teoría de la conspiración que expulsaba de nuevo el PP tras la operación policial de Alicante. La cosa venía al pelo, ciertamente. La realidad puede trastabillar, pero el modelo prefijado es constante: los acontecimientos se han de adaptar a él como la plastilina a los huecos. Los elementos, además, son inmutables. Está el TSJ, y De la Rúa, y Gürtel, y Camps. Ya tenemos a los planetas nuevamente alineados. Y ya tenemos otra teoría de la conspiración armada. Sólo que, esta vez, la levanta la supuesta izquierda. Ayer insistían. Las teorías de la conspiración son «neutrales», como la ciencia y los entes abstractos: no entienden de colores políticos.
Fue el juez de Orihuela, conservador medular, el que optó, sin embargo, por expresar su inquietud ante la opinión pública. Había dictado el auto, había confeccionado los trámites al uso, pero le venció la irritación insensible: no le llegaba información de la policía. La tuvo entrada la tarde, de forma verbal. Y lo expresó. Los tiempos en la política son fundamentales. Al parecer, en la judicatura, también. Un cálculo deficiente puede provocar un genocidio.
Desde la otra orilla —aunque con idéntico ceremonial—, el PP levantó otra tormenta colosal sin base real. Pero así entienden la política determinados partidos: sembrando el campo de juego de confusión. Confusión por los comunicados del TSJCV, confusión por el despliegue policial, confusión por las autorizaciones judiciales, confusión por la supuesta vulneración de las legitimidades democráticas. García Escudero ha dicho que a Ripoll se le secuestró. Es el icono supremo de esta historia irreal. Y bla, bla, bla. En fin. La ficción es barata. E invade todo el arco ideológico. Basta con echarle imaginación. Pero metidos en el discurrir abrumador de los artificios dialécticos, ¿no ha de ser más apetecible leer una buena novela y alejarse de las idiocias politiqueras? Efímeras, por otro lado.
jcivera@epi.es