A todos se nos ponía un nudo en la garganta cuando la banda de música desfilaba en la ofrenda a la Mare de Déu en las fiestas falleras. Para aquellos músicos era la manifestación más esperada del año. Y uno, viendo a sus paisanos afrontar con decidida voluntad y dudoso acierto la marcha de «Los Gladiadores», recordaba aquel trocito de su infancia, cuando pegado a los pantalones del Tio Bautistica acompañaba ilusionado el pasacalle del día de fiesta. Aquella banda de los años setenta es hoy una de las sociedades musicales valencianas más distinguidas. En un pueblo que no llega a tres mil habitantes sostiene una escuela de educandos con más de doscientos alumnos, una banda sinfónica con cien músicos, una agrupación juvenil, una infantil y un coro. El Ayuntamiento no regatea esfuerzos del dinero público y lo hace porque sabe que la tarea de la Unión Musical derrama bendiciones. En los pueblos tienen claro que invertir en música es invertir en valores. «Mentres estiguen en la música no estàn fent mals», se ha dicho toda la vida. La Unión Musical de cada pueblo es escuela en la que se fomenta el sacrificio, la disciplina, la solidaridad, el espíritu de superación, y el saber aceptar las diferencias y las jerarquías.
Cuando desde tantos sectores se alzan voces sobre el deterioro de la escuela, acosada por la indisciplina y permanente campo de batalla ideológica, las escuelas de música se erigen en ejemplo de una apuesta por los mejores valores humanos. Por eso, los padres, claro que sí, colaboran en su financiación. Ayudan los vecinos con sus impuestos, y ayuda la Generalitat, que en el último decenio, al tiempo que se han extendido las escuelas municipales de música, con sus correspondientes puestos de trabajo, ha aumentado considerablemente las atenciones a estas entidades. La realidad de hoy es el fruto de un esfuerzo de todos. Ocurre que ahora, de repente, casi sin avisar, llega un recorte brutal que incidirá en el sostenimiento de esta actividad. Y que afectará negativamente a todo el tinglado comercial que gira alrededor de la música. «Hay que recortar gastos, hay que hacer un esfuerzo entre todos», se dice para justificar la medida.
Recortar ayudas a la música es atentar contra la formación en valores, que a día de hoy debería ser de una prioridad absoluta. Y todavía aparece como más injustificable cuando ese esfuerzo solidario no parece aplicarse en ciento y una empresas públicas, fundaciones y subvenciones a empresas privadas, cuyo beneficio social es infinitamente menor que el que derrama, pueblo a pueblo, la música valenciana.
Tengo para mí que, al igual que ha ocurrido con el deporte escolar o federado se traslada el sacrificio a los siempre sacrificados. Y esa medida, viendo lo que se ve, ni es justa, ni equilibrada, ni está pensada para el bien común. No la tomaría el más humilde ayuntamiento de cualquier pueblo, del color que fuere. Comenzarían por recortar gastos de fastos y festejos, y como allí se conocen todos, procurarían no beneficiar con subvenciones inútiles a amigos o conocidos. Esas cosas que se hacen cuando se han perdido referencias morales. Con tristeza asistimos a una medida que rompe el alma a cualquier persona con sensibilidad y que entristece, y a esos más que a nadie, a los que dan la cara, pueblo a pueblo, por una política que fomente principios y valores.