Barack Obama y Dmitri Medvedev, presidentes de Estados Unidos y Rusia, han firmado recientemente un acuerdo que reemplaza al anterior Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, promoviendo una sustancial reducción de los arsenales atómicos respectivos. Es, sin duda, una buena noticia para el mantenimiento de la paz entre ambas superpotencias, aunque todavía se conserve la siniestra capacidad de «destrucción mutua asegurada», cuyo acrónimo en inglés MAD (Mutual Assured Destruction) posee también el significado de «loco». Parece, en efecto, una locura que la humanidad se haya acostumbrado a vivir bajo la continua amenaza del Armagedón nuclear, donde la ciencia ha mostrado sin ambigüedad sus dos caras.
La trágica vida del químico judío-alemán Fritz Haber (1868-1934) ilustra bien la dualidad «ángel-demonio» del avance científico y tecnológico, así como las contradicciones humanas que conlleva. Recibió el premio Nobel de química en 1918 por la síntesis del amoniaco, que permitió la obtención artificial de fertilizantes nitrogenados. Sin ese logro, nuestro planeta tan sólo podría sustentar a la mitad de la población mundial actual. La fabricación industrial del amoniaco, por otro lado, permitió la continuación del esfuerzo bélico alemán, prolongando inútilmente la sangría de millones de vidas durante la Primera Guerra Mundial. Más aún, movido por un intenso patriotismo prusiano, Haber afirmaba que «el científico pertenece al mundo en tiempos de paz, y a su país en tiempos de guerra». Participó activamente en el desarrollo y uso de gases venenosos en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, por lo que fue juzgado como criminal de guerra. Su sensible e inteligente mujer, Clara Immerwahr, no pudo sobreponerse y se suicidó. Como última y dramática paradoja, el gas Zyklon B, inventado por Haber como insecticida, fue empleado años más tarde por los nazis para el exterminio del pueblo judío, incluyendo gran parte de su familia.
Albert Einstein tampoco estuvo libre de contradicciones a lo largo de su vida. Pese a su acendrado pacifismo, alertó al presidente Franklin Roosevelt sobre el peligro de la obtención del arma atómica por parte de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial (ahora se sabe que los científicos nazis estuvieron muy lejos de conseguirla), que condujo a la fabricación de la primera bomba atómica en los Estados Unidos y, en última instancia, al enorme arsenal actual de armas nucleares, con el riesgo añadido de que alguno de esos artefactos pueda caer en manos de grupos terroristas o mafiosos.
Una vez terminada la guerra fría, el argumento de que ya haya naciones con armas nucleares no debe servir como motivo (o excusa) para que otros países se incorporen al llamado «club atómico» sino, por el contrario, llevar a la total erradicación de tales armas (y otras semejantes) de nuestro planeta. Ante tal disyuntiva, el hombre de ciencia debería comportarse como ciudadano del mundo, al contrario de la opinión sustentada por Haber. Y un deseo final: que los científicos no se conviertan en ángeles tras haber actuado primero como demonios. Podría ser demasiado tarde.