Ahora resulta que los bancos alemanes –que son los que iban sacando pecho a costa de los supuestamente gandules y desorganizados países mediterráneos– son de los peor parados en las pruebas de estrés o resistencia –un término procedente de la cardiología, creo– por su exposición a la deuda griega. Y eso que no se cuenta la deuda rusa cuyas garantías y seriedad son –sin ánimo de ofender– un perfecto enigma, cosa lógica tratándose de un país bizantino cuya escudo, como el de Valencia, reza: «Antes muerta que sencilla». Ahí tienen a Rita repitiendo que se aprobaron las cuentas de tres ejercicios de la Fundación Centro de Estrategias y Desarrollo, y no se habían aprobado. No es que sea una mentirosa –quizás un poquito–, es que se considera Catalina la Grande. Y sin cartearse con Voltaire. Alemania ha traicionado su propio destino al renunciar a ejercer de locomotora. Las locomotoras no pueden ser profesoras de contabilidad, por lo mismo que las hilanderas no deben ejercer como aviadoras. Así de simple. Por si la esencia esencial germánica no fuera suficiente, aún queda un asunto atinente a la historia mágica de España (y Alemania): Ángela Merkel puede detestar tanto como quiera a Zapatero, está en su derecho y seguramente tiene sus razones, pero sin afectar a las relaciones con España ya que somos su aliado estratégico, el país del amor y las naranjas, los otros locos más morenos y bajitos y, lo que es más importante, su pata de conejo. Si Merkel no tiene esto claro, no sobra España (o Grecia), sobra Merkel.
El dinero, que a veces parece algo serio, es un molusco bivalvo: duro por fuera y lleno de nácar, tesoros y texturas melosas por dentro. Ahora toca concha como hace unos años tocaba molla y todos se prestaban y nos prestaban y se hinchaba la burbuja inmobiliaria con el entusiasmo y la admiración – por lo rápido que tarifábamos – de alemanes y británicos, entre otros nórdicos, quienes tampoco querían perderse su parcelita al sol que calentó a Ulises. No den lecciones. No pueden.
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