Más safari

Rafael Rivera

 05:30  
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Algunos de ustedes parece que les ha gustado la idea de un safari urbano incruento, y me han sugerido que continuemos, juntos ese paseo crítico por el paisaje de Valencia compartiendo sensaciones contradictorias que nos hablan de plazas que no son plazas, calles que no son calles o jardines que no pasan de ser jardineras. Tenemos una idea de lo que es cada cosa pero luego, cuando aparece delante de nuestras narices, no las reconocemos porque se ha adulterado su imagen.
Supongamos que alguien nos pregunta dónde está la estatua del Cid. Vas por la Gran Vía de Fernando el Católico, le diremos, un rey que tuvo más suerte que su mujer, también reina, pero que sólo llegó a calle. Aunque tanto monta, monta tanto, ella calle y él Gran Vía, ya ves. Esta Gran Vía pasa a ser de Ramón y Cajal, sin previo aviso, y desemboca en la plaza roja, quiero decir la Plaza de España, perdón. Allí en medio, está el Cid, lanza en ristre, montado en su caballo y dispuesto a boicotear la Alianza de las Civilizaciones.
Sí, nos dirán, la estatua la encontré enseguida, lo que no vi es la plaza. No es extraño, porque la plaza no está. Aparece en la etiqueta, esa chapa metálica clavada en las paredes que la nombra, está en la dirección postal de sus habitantes o en el buscador de los taxistas, pero en ningún sitio más.
Sólo hay cruces de peatones malabaristas, laberintos de coches en cualquier dirección, parada de metro con longaniza de acero incorporada pero de la plaza, ni rastro. No es un lugar de encuentro, ni de conversación, ni de pararse a nada. No es un remanso, es un agitador. Voy a ese espacio y me entra prisa, tengo ganas de irme. A nadie se le ocurre decir algo así como quedamos en la plaza de España, porque es sinónimo de no encontrarnos. Ya ven, a eso le llamamos plaza.
Su homónima en Roma es al revés. Un espacio de verdadero encuentro, de calidad urbana, donde no se sabe si los bancos son escaleras o las escaleras bancos. Donde la gente mira, se para, habla, juega, corre. O sea, lo que entendemos por plaza.
Aquí no es así. Por eso convendría o remodelar el espacio y darle el carácter urbano que merece, o cambiarle el nombre. Cruce de España, podríamos llamarle, porque sólo es un cruce multiplicado que expulsa al peatón.
Y ya no usemos más las palabras en vano, que nos liamos y podemos llegar a creer que eso es una plaza.

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