Unos seis mil barcos navegan por la costa valenciana al cabo del año. La ruta de los grandes cargueros y petroleros bordea el Golfo de Valencia. Cientos de pesqueros y embarcaciones de recreo surcan las aguas valencianas. Sólo en el puerto de Valencia hay un tráfico diario de 40 barcos. Los petroleros recalan frente al puerto de Castelló. Algunos buques de paso, pese a las prohibiciones, observan todavía algunas prácticas de antaño: aún limpian sus bodegas o vacían de combustibles y aceites sus sentinas en alta mar. Las consecuencias, no hará falta decirlo, son desastrosas para el medio ambiente y su desenlace —si los residuos alcanzan la costa—, fatal para las playas. Es el reconocible «alquitrán», cuya presencia en la arena, hace unas décadas, formaba parte del paisaje veraniego. Hoy se ha reducido su impacto, al igual que han disminuido los vertidos debido a los controles y a la nueva sensibilidad ambiental. Y, sin embargo, no es suficiente. Los medios de vigilancia son escasos —apenas un avión, un barco, dos embarcaciones y un helicóptero— y los infractores suelen pasar desapercibidos a pesar de la tecnología existente en la actualidad y de la labor de los equipos humanos. Sólo cinco «sentinazos» se han detectado este año. Las dificultades para identificar las manchas de fuel con los buques en tránsito no deben, sin embargo, servir como justificación para moderar los controles, que han de estar amparados por una decidida voluntad política y coercitiva a fin de acabar con los desastres ecológicos.