Estoy leyendo Arquitectura milagrosa, el libro del periodista Llàtzer Moix que trata de reflejar la curiosa fe de la clase política española —casi sin excepciones— en los edificios singulares y en su supuesta y prodigiosa capacidad de actuar como focos de atracción y fermento de todo género de prosperidades. Aunque la repetición de ciertos nombres y estilos suela aportar mucho menos singularidad que la simple perseverancia en aquello propio (que no siempre es fácil de precisar). El capítulo más propiamente referido a Valencia y a Santiago Calatrava no es que revele nada que no les haya contado antes Levante-EMV, pero así, reunido y organizado todo el material, suena a corolario estremecedor. La atmósfera era propicia a esta clase de paletadas que suelen confundir precio y valor y se apoyaba en seculares complejos que asumen como evidente que en cualquier sitio puede habitar un genio, en cualquiera menos en tu calle o en tu curso. Cuando un periodista se atrevió a preguntarle a aquella ministra de los modelitos, Carmen Calvo, cómo era posible que la ampliación del Prado (a cargo de Rafael Moneo) se hubiera encarecido mucho más allá de las previsiones, la tonta del bote respondió: «¿Cuánto hay que pagar por el prestigio de Españiiiia? ¿Cuánto vale la buena imagen de Españiiiiia?» Pues eso mismo pero multiplicado por diez y a lo largo de más años y trabajos nos aconteció con Calatrava, Valencia y el Consell. Don Santiago es un buen arquitecto, muy probablemente un gran arquitecto, pero se entiende mal, pasada la época de los faraones, los escribas y las pirámides, cuando el número de los que sabemos manejar el cálamo, la flauta o el cincel es bastante más crecido, la prolongada afección de calatravitis que ha dejado exhaustas las arcas y desatendidas las bibliotecas, las ferias, las editoriales, las bandas y los cómicos, entre otras amenidades. En Nueva York, en Malmö, en Barcelona y Bilbao, al menos levantaron algún valladar ante las expansiones de un ego realmente paquidérmico. Puede que seamos los más listos, pero como no lo seamos…
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