González Sinde, la ministra del ramo, ha dicho que los toros son cultura, naturalmente. Ni una duda. Lo que diga la ministra de Cultura sobre la ídem es lo que menos interesa: desaloja un vacío inmenso incluso en sus propios diputados. En la peripecia de los toros, hay que situar la razón crítica a cero grados para considerar una manifestación de elevada cultura lo que sólo es una costumbre ornamentada de una belleza supernumeraria, mera expresión de una tradición más o menos colectiva. La confusión es colosal. Es como si Tiziano o Velázquez, Stravinsky o Bruckner, Goethe o Proust fueran equiparables a la increíble faena de un novel matador de animales bajo el sol empalagoso de las cinco de la tarde. El esteticismo genera monstruos. Sólo que Sinde no lo sabe. Nerón contempló la belleza implacable del incendio de Roma con satisfacción rijosa. Había mucha «belleza» en el circo romano cuando los leones se zampaban a los cristianos o los gladiadores luchaban a vida o muerte mientras unas gradas lujuriosas pedían sangre humana y cabezas rebanadas. Un espec-táculo bendecido por la moral de la época, donde un hombre valía menos que un caballo y donde se erigían categorías estéticas que hoy repugnarían. «No dudo que pueda resultar bello para algunos, pero no es asumible», ha dicho recientemente Javier de Lucas, catedrático de Filosofía del Derecho, puesto que «extrae su belleza de un elemento de tortura». La tortura humana no ha de ser compartida por la ministra socialista, esperemos. La tortura animal, sí. ¿Por qué? ¡Ah! La rodea un aura «cultural». Una tradición. Un envoltorio de signos sedimentado por unos valores, de los que está vedado abstraerse (¿vedado abstraerse?) y que generan emoción. Y las tradiciones, dirá Sinde, se han de preservar. ¿La lapidación? ¿La ablación del clítoris? ¿Los perros ahorcados? (César Simón) ¿El semiesclavismo femenino? De lo que hoy consideramos barbarie hace unos siglos se extraían perlas de belleza.