Unas gentes que se emocionan con una sardana no pueden entender de toros. Y no le den ustedes más vueltas. Se ponen a bailar sardanas y, claro, no pueden emocionarse con un natural de José Tomás, que, además, es de Madrid. Para un catalán, lo de Madrid es algo tan odioso como para un madrileño lo de Barcelona. El día que ambos se ignoren comprenderán cuánto se necesitan. Vivir uno sin el otro será muy aburrido. ¿Ustedes se imaginan a España sin el duelo entre el Barça y el Madrid? El día que no exista ese partido, ni árbitro que lo pite, ni Catalunya será Catalunya ni España será la misma. Se podrá vivir, desde luego, pero sin salsa, ni pasión. Una cosa como la sardana.
Esto de Madrid y Barcelona, y de los agravios, ya intentó disimularlo la televisión de Franco con aquellas conexiones diarias al «centro de producción de programas de Miramar». En Valencia, que no teníamos más centro de producción que la naranja, sólo nos hicimos famosos porque un concursante de «Un millón para el mejor» alzó la voz en directo contra la persecución a su tierra. El hombre le puso agallas y denunció que las pruebas que le ponían eran mucho más duras que las del alcalde de Bélmez, el de las caras. El alcalde era un adepto al régimen y el valenciano, seguramente un republicano, un rojo de cuidado. En aquellos tiempos, en Valencia, créanlo, había cientos de miles de republicanos. Se han muerto casi todos. El millón de pesetas fue, cómo no, para el alcalde. Pero el de aquel hombre, del que nadie se acuerda, fue el primer grito público republicano-autonomista. Sólo González Lizondo y su naranja fue digno sucesor. Lo de Morera, con perdón, es sosito, muy jesuítico, muy fino, pretendidamente intelectual, una cosa así como la sardana. Lo de Lizondo era natural, espontáneo, popular, sencillo, sincero, como la jota aragonesa. Todo corazón. Tanto, que Zaplana se lo robó.
José Luis Barcelona emocionaba a toda España con el inolvidable «Reina por un día». ¡Cómo lloraban las abuelas! Una chica de pueblo, sencilla, criada de una casa bien –lo de empleada de hogar es una cursilería de Solís–, emigrante al Carmelo, que en su vida hubiera soñado con entrar al Liceu –con Franco ya estaban los del Liceu–, una joven así, vivía la experiencia de ser la mujer elegida, la más bella, la más admirada. Eso sí, sólo por un día. Acabada la tarde del domingo, comenzaba la cruda realidad. A las seis de la mañana del lunes, toda Barcelona, la europea, y la criada, al tajo. Desde que en una madrugada vi lo que vi, hombres y mujeres desesperados por llegar a tiempo al metro, con la lengua fuera, comprendí que los domingos se dedicaran a bailar sardanas. Y ahora comprendo que prohíban las corridas.
–¿Tiene algo usted contra la sardana? ¡Es usted un catalanófobo!
–Oiga, yo no voy a prohibir sardanas, pero me parece una música sin condimento con unos movimientos pensados para ahorrar energía que me dejan indiferente, qué quiere que le diga. ¿Usted cree que puede compararse una sardana a una jota aragonesa? ¡Venga por Dios! Unos, cogiditos de la mano, dando pasitos y saltitos de modo que no se gaste el ladrillo y los otros, recios, poderosos, sudorosos, espléndidos, vitales, gastando todo lo que haya que gastar: entregando gargantas, piernas, rodillas, caderas, fajas, barrigas y ladrillos. En los pueblos de Teruel las escuelas abren a las diez, no hay metro, ni tren que valga la pena, y las gentes comen pan con chorizo. Por eso pueden bailar jotas. Y en todo caso, si a ellos no les gustan los toros, ¿por qué me tiene que gustar a mí la sardana? A mí me gusta la jota, y punto.
–Oiga, ¿ y de los toros?
–Pensaré lo que pensaré de los toros, que a usted no le importa nada, pero he mandado reservar a mi amigo Toledano un pase para las próximas fiestas falleras. Me pienso aburrir de lo lindo; seguramente formaré parte de los miles de salvajes que aplauden la persecución y muerte al único ser civilizado que hay en la plaza, pero quiero testimoniar mi rechazo a los que gritaban aquello de prohibido prohibir. Le han cogido gusto a mandar y ahora son capaces de prohibir hasta las corridas.
¡Y hasta ahí podíamos llegar!