El ciclo socialista en la política española lo inició en 1979 Felipe González, con aquella idea del cambio. «Por el cambio» era el eslogan, y bastaba para que todo el mundo lo entendiera. Fue tal el éxito que el mensaje, ya sin contenido alguno, salvo el de echar a unos para ponerse otros, fue repetido hasta la saciedad por diversos partidos. Si el eslogan funciona quizá se deba a que evoca la necesidad de cambiar que uno lleva dentro, de reinventarse como sea, a tono con la cultura de la novedad. Ahora entramos en una nueva dimensión del cambio, la de cambiar sin tregua de criterio, programa, línea o medidas. Se trata del cambio en estado puro, de la esencia del cambio, sin contaminarse de referencia o utilidad. El gobernante, liberado al fin de cualquier criterio, cambia cada día de idea, en un dulce suicidio colectivo que puede cerrar todo un ciclo de poder sin cambiar de lema.