En medio del alto hayedo, pletórico del maduro verdor de las hojas de agosto, todo cuanto rodea al caminante suscita la idea de frescor, y por un tiempo los sentidos se dejan engañar por los signos, hasta que el calor impone su dominio. Algunos restos de brisa corretean, cansinos, entre el arbolado, como tropas que aún resisten, acosadas por la temperatura, y el caminante los codicia, gozando de esas vetas frescas en plena huida, antes de que sean copadas.
Pero la evidencia se refuerza por el silencio absoluto de los pájaros, que ni cantan ni vuelan, y la ausencia del bullicio secreto de los bichos, de esos ruidos sin dueño aparente que otros días surgen de la espesura a la distancia justa en que el animal demarca su línea de protección en torno al hombre. En el alto bosque sorprendido por el calor ni siquiera los insectos se mueven, completando la sensación de quietud metafísica.