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Competitividad y exportación

Editorial

 05:30  

Si hay dos cosas que la crisis ha puesto blanco sobre negro son: que el terreno perdido no lo recuperaremos con la demanda interna, se acabaron los créditos a mansalva y comprar pisos y coches de lujo con salarios de 800 euros, y que las economías que miran al exterior y se proyectan, las que se internacionalizan, pasan menos dificultades. Ya no se puede vender sólo a la puerta de casa, ya no basta con producir de cualquier modo. Conquistar el mercado exterior significa ser competitivos y ser competitivos significa aspirar a ganar a los mejores. Asturias parece que empieza a aprender la lección. La exportación ha sido un recurso muy apreciado por los empresarios valencianos pero cabe avanzar más en esa dirección.
Si la falta de competitividad es una de las grandes deficiencias de la economía española, la escasez de vocación exportadora constituye el principal lastre de algunas empresas autóctonas. España es la octava potencia mundial y la productividad no guarda proporción con ese peso: otros países menos desarrollados se comportan de manera más eficiente. El porcentaje de industrias valencianas que se lanzan al mercado exterior todavía resulta muy mejorable. Ser competitivos y ser exportadores son dos conceptos íntimamente unidos, especialmente en estos tiempos de crisis en los que todos los mercados nacionales están cegados y no hay más remedio para sobrevivir —a la fuerza, ahorcan— que vender fuera.
El ex director gerente del Fondo Monetario Internacional, ex ministro y hoy presidente de Caja Madrid, Rodrigo Rato, al reflexionar sobre esta recesión interminable, invocaba hace poco dos estrategias determinantes a las que asirse para remontar el vuelo: innovar e internacionalizar. «Innovación es», asegura Rato, «darse cuenta de algo que no funciona e intentar solucionarlo. O incluso mejorar algo que ya funciona, pero siempre antes que otros. La experiencia de las empresas españolas que han emprendido el camino de la internacionalización nos muestra que dicho proceso les ha permitido ser menos vulnerables». No debemos asumir con resignación, como si se tratara de un castigo divino incorregible, un nivel de paro del 20,09% como el que padece España porque es sencillamente insoportable. Mucho más el índice de desempleo valenciano, que supera la intolerable e insufrible tasa estatal y se sitúa ahora en julio en el 23,83%, consolidándose como la tercera autonomía, tras Canarias y Andalucía, con mayor número de parados.
La cuestión es ¿en qué va a trabajar el medio millón de valencianos sin empleo? ¿Qué empresas o qué sectores les absorberán? La falta de puestos de trabajo no se combate hinchando nuevas burbujas diseñadas en el laboratorio o fomentadas a capricho por la autoridad competente mediante jugosas subvenciones. Y, se presuma de liberal o de socialdemócrata, no hay más remedio que convenir que para detectar nuevas corrientes prósperas o nuevos sectores de éxito las empresas y los mercados tienen más olfato que los gobiernos: les va la vida en ello. Lo expresaba gráficamente hace poco, en Barcelona, John Mullins, estadounidense, 65 años, profesor de emprendedores en la London Business School: «los europeos siempre esperan que el gobierno lidere la economía. En los países prósperos, los emprendedores saben que son ellos los que deben enseñar el camino al gobierno, después sólo le piden que no moleste».
No se trata de inventar nada, todo está inventado, ni de dar con un yacimiento laboral taumatúrgico, pues no existe. Se trata de hacer aún mejor y más barato lo que mejor sabemos hacer y de hacer mejor que los otros lo que los otros ya hacen bien. Eso es competitividad. Gastamos mucho para producir poco y en actividades de escaso rendimiento. Ahora que no hay posibilidad de devaluar la moneda y romper ese perverso teorema exige, a largo plazo, reformas e investigación. A corto, moderación salarial y disminución de los precios básicos, medidas ya experimentadas con éxito en otros momentos decisivos —pactos de la Moncloa y primer gobierno socialista.
El mundo admira estos días el milagro alemán: poco paro y mucho crecimiento en plena depresión. El éxito teutón se sustenta en su prodigiosa capacidad exportadora. Curiosamente, España y Alemania son los únicos países de la OCDE que en la última década han mantenido su cuota en los intercambios de bienes y servicios por el mundo. Es una alegría esperanzadora para España, aunque matizable. La distancia con los germanos es sideral y el grado de apertura de las empresas españolas, todavía bajísimo si se compara con los países del entorno. Resulta esperanzador que algunas compañías valencianas, forzadas por la apatía de las ventas interiores, quieran conquistar fuera lo que en casa ahora se les niega, aunque todavía es insuficiente. El reto se ha de lanzar de manera prudente pero ha de ser más colectivo.
La Comunitat Valenciana siempre ha presumido de su potencia exportadora. Ahora se trata de afianzar ese vigor y multiplicarlo. La recuperación ya no vendrá del gasto interno, se acabó el dinero fácil. Todo cataclismo económico tiene mucho de destrucción creativa, de oportunidad para que los más tenaces expriman las ventajas competitivas que aparecen tras los ajustes. Si al superar la mala racha España y la CV logran dar un vuelco a su competitividad y sus exportaciones, sentando las bases para un crecimiento sano e inmune a los nuevos virus del capitalismo, el sufrimiento habrá merecido la pena. Entonces, sí que cobrarán todo el sentido esas palabras que alguien pronunció al comienzo de esta pesadilla: «una crisis es algo demasiado precioso como para desaprovecharla».

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  Viñetas de Raúl Salazar

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