Recordando el discurso de una cena pasada, me vinieron estas palabras a mi mente: «No quiero que mis frases parezcan el ladrido de un perro». Las dijo Juan de Salisbury allá por el año 1160. No era un cualquiera este secretario de santo Thomas Becket, que ya escribía en la época en que los excesos de Enrique II de Inglaterra permitían recuperar la diferencia entre el gobernante y el tirano. Incluso en este tiempo, en el que hablar podía implicar la muerte en medio de las frías losas de la catedral de Canterbury, nuestro buen Salisbury no calló. Al contrario, escribió el primer tratado verdadero de la ciencia política europea.
Aquella frase inicial quedaba escrita unas páginas antes de la primera alabanza de Diógenes, el cínico, que vivía orientando el barril que tenía por casa, según las estaciones, hacia el sol o hacia la sombra. Vivir a la manera cínica imponía de forma curiosa el deber de no hablar como un perro. El contexto de estas palabras tenía que ver con la queja eterna por la naturaleza corrupta de los tiempos y el «auge constante de los vicios». Su conclusión apuntaba a que, a pesar de todo ese ingente malestar, la indignación no era un estado de ánimo propio de un filósofo. «El noble fruto de un espíritu filosófico es una generosa ecuanimidad de la mente», dijo.
La reacción de este espíritu profundo se movió entre estas líneas rojas. Sin duda, no podemos confundir su gran libro, El Policrático, con los ladridos de un perro. Pero, en su esfuerzo por identificar lo que sostiene una comunidad política, no por ello dejó de atenerse a lo que otro socrático ofrecía como lección suprema de la filosofía. Cuando alguien le preguntó a Aristipo qué le había dado la filosofía, este respondió con claridad: «El ser capaz de hablar sin temor ante todos los hombres». Y así, sin ladrar pero sin temer, con esa suave ecuanimidad, este hombre, que recogió a un mártir de la iglesia recién asesinado por el poder y lo asistió con sus propias manos en la hora postrera, dijo algunas cosas que no deberían pasar desapercibidas en la hora presente. De hecho, llevan demasiado tiempo resonando por el mundo civilizado, iluminándolo, forjando la tradición de los pueblos civiles, pero sin que jamás hayan tenido vigencia en nuestra humilde, atrasada y poco civilizada patria.
De un libro que tiene setecientas páginas, resulta muy problemático quedarnos con un par de frases. Incluso algunas, como las dedicadas a los tiranos, son de una crudeza que quizá están en el límite de lo esperable. Pero hay algunas pequeñas frases en las que Salisbury alcanza para nosotros esa sutileza casi profética que tienen los textos clásicos. Una de ellas dice: «El regalo que proviene de la espontánea liberalidad del donante, y no ha sido arrancado por una desvergonzada exigencia, no lleva en sí ninguna deshonra que merezca reprensión, siempre que no se acepten los regalos de los malvados. Cierto, recibir un beneficio es vender la libertad y no es decoroso que sean siervos los que han de regir a otros».
Pero todavía este hombre de la Iglesia medieval tiene otra frase más sutil y terrible: «De todas las injusticias, ninguna más grave que la de aquéllos que, en el momento en que más engañan, procuran aparecer ante todos como personas virtuosas. A ellos, esa apariencia de virtud les da patente de corso, y donde a duras penas podría esperarse perdón, ellos consiguen gloria». Los que se llenan la boca de pertenecer a esta noble tradición, que en un tiempo simbolizó el compromiso con la verdad —nuestros gobernantes en la cena, quizá debieran recordarlo.