Visto desde el aire y si las nubes del monzón no impiden ver nada, el territorio de Camboya no se distingue mucho del reino de Siam, que ahora llaman Tailandia. Más al norte hay montañas, pero entre Siem Riap o Phnom Penh y Bangkok, abajo sólo se ve una llanura encharcada o un gran charco parcelado. Cuando miraba ese mismo paisaje desde la carretera, la alucinación era mucho más consistente pues me parecía estar recorriendo, como Sísifo en su castigo, el mismo itinerario entre El Perelló y Sueca miles de veces, pero no en el tiempo actual sino más de cuarenta años atrás, en uno de aquellos destartalados autobuses de línea que una inquieta empresa local construyó con los despojos de la guerra de Corea: arroz, pollos y patos. Los búfalos y las vacas con giba como únicos exotismos.
El río Mekong y el lago Tomlé Sap, más sus potentes sistemas hidrográficos, cruzan un poco oblicuamente el territorio de Camboya y crean una llanura arrocera de forma lenticular. Esa vulva de tierra-agua no ha dejado de alumbrar, una tras otra, centenares de generaciones humanas desde hace siete mil años, como poco. Y de amamantarlas a sus pechos blanqueados de arroz. Unificado o dividido en taifas, bajo gobernaciones subsidiarias o imperios luminosos que atrajeron peregrinos de toda Asia, este pueblo, que ahora puede dar de comer a sus niños y que en todo momento he visto bien dotado para gozar y reírse, pudo vivir y desarrollar sus talentos. Hasta que llegó el khmer rouge (lo dicen así, en francés).
El régimen de Pol Pot provocó el mayor genocidio (relativo) del muy sanguinario siglo XX. En la terraza del elegante Foreingner Correpondents Club me tomé un bourbon a la memoria de mis compañeros periodistas muertos en aquellas guerras y a la salud de mi maestro Manu Leguineche. ¿Qué energía maligna movía a aquellos furiosos vengadores? Pues el temible huracán del agravio y el desquite contra casi todo. Es muy mala idea aportar esa dote a la política: si no puedes evitar vengarte, hazlo por tu cuenta.