Tras semanas de meteorología propensa a los incendios sin que afortunadamente se produjera ningún percance reseñable, en la noche del lunes se desató finalmente un infierno en los montes de la Comunitat Valenciana. Un pavoroso incendio, que anoche aún seguía ardiendo, prácticamente calcinó la sierra de l´Ombria, donde ardieron más de 2.000 hectáreas. Simultáneamente, Simat registraba otro incendio y por la tarde de ayer se desataba otro en Rafelguaraf que se adentró en Barxeta. Estos incendios han afectado, además, a zonas pobladas, lo que ha obligado a evacuar a cientos de personas.
La coincidencia de diversas circunstancias fatídicas ha terminado por provocar una situación que la propia ministra de Defensa, que se desplazó ayer hasta el frente de trabajo, calificó de feroz. Afortunadamente, no se produjeron durante toda la jornada daños personales, pero los materiales y ecológicos son, sin lugar a dudas, incalculables. Y una vez más se abre el debate sobre si la conservación de los montes y la política forestal vigente es la más apropiada para evitar este tipo de sucesos, como plantea hoy en estas mismas páginas el decano del Colegio de Ingenieros de Montes de la Comunitat Valenciana. Hemos vuelto al any de les cendres, el fatídico verano de 1994, como si no hubiéramos extraído de él ninguna enseñanza. Con independencia de que poco pueda hacerse ante la determinación de un incendiario.
Más adelante habrá que abordar también las consecuencias de los recortes presupuestarios a los servicios de extinción.