El anuncio del conseller Alejandro Font de Mora de impulsar un modelo «trilingüe» que sustituya al vigente de líneas en castellano y valenciano supone un vuelco total al sistema educativo vigente en nuestra tierra desde la restauración de la democracia, encaminado a la recuperación y el impulso del valenciano como lengua vehicular. Se trata de un modelo que cuenta con un consenso global en la sociedad valenciana que ahora se viene a truncar de forma unilateral. Curiosamente, por parte de un partido que insistentemente reclama al Gobierno central que pacte la política educativa.
En el fondo, lo que la nueva estrategia revela una vez más es el escaso interés real que el PP ha mostrado por el valenciano desde que gobierna la Generalitat. Zaplana, porque no sentía los colores, que dicen los comentaristas deportivos. Y Camps, porque el fervor valencianista le duró lo que tardó Aznar en enterarse de lo que había proclamado en Ares del Maestre. En esta ocasión se alega que el modelo de líneas es «insostenible económicamente», algo de difícil justificación cuando se analizan las prioridades en el gasto de esa y otras conselleries. Y se ampara en un intento de potenciar el inglés, mientras en Valencia más de 10.000 personas se quedan sin plaza en la Escuela Oficial de Idiomas porque el nuevo centro duerme el sueño de los justos desde hace años.
Un cambio de este calado no puede despacharse con la misma ligereza que el conseller implantó el mandarín. Requiere de un amplio debate, y más cuando aumenta la demanda en la sociedad.