A mí, Ròtova me recuerda Afganistán. O puede que sea al revés. Quiero decir que así como en Afganistán combatimos, que es una forma muy rara de acometer una misión de paz y cooperación, en Ròtova parece que los festeros honraban a Sant Bertomeu o a la Divina Aurora, no soy un experto en devociones, pero en realidad uno de ellos pateaba una hostia consagrada, que es una forma bastante rara del culto de latría. Se alegará que el pateador en cuestión era un cabestro —doblemente cabestro por permitir que un compañero fuera acusado y golpeado por la falta que sólo él cometió— y que no se puede generalizar, pero resulta que sí se puede, para eso están los casos particulares.
Conozco pueblos de mi comarca que tenían una hermandad penitencial al término de la Guerra Civil y ahora tienen una docena de cofradías y sería más que aventurado relacionar semejante amor a las procesiones de Semana Santa con un repunte de la piedad que no aparece por ningún otro lado. O sea que, con las debidas excepciones, se trata de hambre y sed de jolgorio, del rasgo capital del alma valenciana —sea lo que sea semejante ectoplasma—, que consiste en desfilar con motivo o preferiblemente sin él, cubierto por mangas, hábitos, plumas, galas y capirotes, todo vale. Y que la iglesia existente contemple semejantes expansiones con una interesada benevolencia, como beneficiaria relativa de las inercias folclóricas.
Con las hambres de libertad que estallaron al final de la tiranía, los desahogos festivos, perfectamente comprensibles en sí mismos, fueron objeto de una sospechosa glorificación a cargo de tipejos patibularios, demagogos de toda laya y traficantes de circo y destilados, sujetos a veces muy trajeados y adictos a la promoción de la conducta cafre, la recalificación selectiva de terrenos y el enriquecimiento repentino. Tenemos lo que nos ganamos (a pulso) y ahora toca, si es que queremos levantar cabeza, un poco de buen sentido. La hostia, se toma (con unción) o se deja (con respeto).