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Boluda-Madrid-Valencia

Cruz Sierra

 05:30  

Es lógico el objetivo valenciano de incrementar el peso y la defensa de sus intereses económicos en la capital del Estado. Durante años ha sido un clamor, sigue siéndolo, la escasa influencia de esta comunidad en los palacios del foro donde se toman las decisiones sobre política, economía y tantos otros asuntos de relevancia para cualquier territorio. Desde la inversión en infraestructuras portuarias, a las de comunicaciones (AVE), financiación autonómica, reestructuración de cajas de ahorro y todas las que ustedes quieran imaginar. Todas pasan por el Manzanares. Y si bien la política madrileña siempre ha estado bien servida de representantes valencianos, éstos más bien han tendido a perseguir sus propios sueños y ambiciones personales en lugar de acatar a los que realmente deben servir: los de los contribuyentes que les votan y les pagan el billete de ida (y a veces el cocidito en Lardhy). Así que la decisión de AVE de dotarse de un presidente, Vicente Boluda, que se conoce La Castellana como la palma de la mano es, de salida, una buena noticia. Sin embargo, de poco valdrá el conocimiento y la influencia que despliegue el naviero en Madrid si de puertas adentro todo sigue igual y no se acompaña su acción con un cambio a mejor de los modos de hacer y estar que nos han conducido a la situación actual.

Mesa y mantel. A Valencia no le garantiza su influencia en Madrid un embajador empresarial con palco en el Bernabéu y mesa en Zalacaín. Demasiado fácil. Cualquier historiador preparado podría mostrar un catálogo de «embajadores plenipotenciarios» enviados a la Meseta desde cualquiera de los puntos cardinales de la península con el objetivo de «conseguir» cosas (¿conseguidores?) pero que volvieron con las manos vacías y el corazón melancólico. Sólo desde la fuerza propia del interior se puede influir en el exterior. De poco le va a servir a AVE y a la economía valenciana contar con un empresario reconocido en Madrid si en la retaguardia no se actúa con fuerza y cordura en la gestión económica (la deuda, el déficit y el paro son «presentes» generalmente poco apreciados). Para influir en la capital del Estado hay que estar cerca de Génova y Ferraz cuando se discuten las leyes, tener línea directa con los altos cargos del Gobierno —del signo que sea—, llamar por teléfono y que te lo coja Emilio Botín o Isidoro Álvarez y también, por supuesto, ese señor ojeroso y de ceja eternamente arqueada que vive en Moncloa. Y para que todo eso ocurra hay que llevar en la mochila algo que entregar a cambio, por ejemplo un puñado de votos decisorios en el Congreso, de lo cual Valencia carece en tanto que no dispone de ningún partido nacionalista y ha entregado la defensa exclusiva de sus intereses a dos partidos estatalistas, al contrario de catalanes, vascos, canarios y gallegos. También resulta muy práctico ofrecer la percepción de una Comunitat gobernada con talento y visión global en la que la economía sea motivo de consenso, desarrollo y buenas oportunidades para los inversores foráneos. No parece que una u otra cosa se encuentren en condiciones de ser exportadas hoy desde Valencia. No existen otros votos al margen del PP y el PSOE, y en cuanto al talento, la generosidad y el consenso de los gestores locales, qué quieran que les diga. Valencia, como dice esa marca de productos femeninos, «no se mueve, no se nota, no traspasa».

Que viene Rajoy. Así que salvo novedades, poco podrá hacer el naviero de Navajas en Madrid sin el soporte a su espalda de un país fuerte y competentemente gestionado. Apenas unas suculentas cenas, algunos encuentros interesantes, buenas y grandes palabras y poco más. Si los dirigentes empresariales a duras penas son capaces de levantar la voz en su propio campo, ¿qué van a pretender hacer entonces en Madrid? Poco, como el resto de los lobbys valencianos en Madrid. Tal vez nos podría ilustrar sobre todo ello Javier Serratosa, presidente del último en nacer —Conexus— y que por el momento transcurre en la semiclandestinad... (¿nacido para perecer?). Pero tranquilos. Ya han aparecido algunos voceros del PP con elevada fe en sí mismos que aseguran que «cuando Mariano Rajoy sea presidente van a cambiar las relaciones de Madrid con Valencia». Es decir, que nos vamos a forrar. Sí, como Aznar, que puso una traviesa del AVE en Alzira y todas las demás en Valladolid. Ni entonces Lerma y Zaplana, ni ahora Camps, han contado con fuerza esencial para influir en los designios del Estado. La insufrible estrategia victimista del Gobierno Camps no ayuda a ello, sino más bien refleja una imagen cansina y obsoleta de Valencia por mucho que se adorne de Calatravas y circuitos de F-1. Algo similar se puede decir de los socialistas. Con ZP y Felipe no ha habido trato especial hacia Valencia a no ser algo de maltrato (salvo el AVE). Seamos autocríticos y acabemos con esa confusión letal entre lealtad y entreguismo, entre autoestima y chovinismo; entre genuino sentimiento regional y folclore valencianista; entre economía y mercantilismo de corto alcance.... en fin, no será un servidor quien al contrario de Ángel Luna tire la primera piedra, pero eso es lo que hay. Cierto es que todo ello convive con otra montaña de virtudes dignas de una sociedad emprendedora, esfuerzo, ingenio, austeridad, coherencia... aunque la clase dirigente no reconozca esta faceta y desaproveche su potencial.

El logro del conseller Flores. Dice este desconocido conseller que la llegada del AVE el 18 de diciembre «no es un logro porque llega con retraso». Una muestra más de la estulticia de nuestros políticos que son incapaces de separar el grano de la paja de sus intereses electorales. Diga lo que diga el Consell, el AVE es un extraordinario logro para los valencianos, entre otras razones porque es el único asidero que tiene ahora la Comunitat para iniciar la «remontada» económica, y ha sido obtenido gracias al esfuerzo de algunos empresarios y políticos que han trabajado por atraer el proyecto. Desde Zaplana (aunque Aznar no le hiciera mucho caso), hasta los empresarios agrupados por Federico Félix en ProAve, pasando por el propio Gobierno de Zapatero, que al contrario que su antecesor sí consideró urgente la inversión de miles de millones de euros. Tal vez Mario Flores no recuerde todo aquello, que ocurría mientras él presidía el Puerto de Alicante y, tal vez, arrimaba el hombro con la mayoría de los empresarios de la ciudad para que la CAM no se fusionara con Bancaja. Aquello sí que fue un logro... Vale ya de echarnos encima paletadas de tierra.

Periodista [cruzs@arrakis.es]

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