El imperio del eufemismo

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R. Ventura Melià

Hay personas que leen atentamente y descubren nuestros errores. Otros se encargan de aumentarlos, inventándose nuevas acepciones, latiguillos o expresiones para sustituir palabras y frases de curso legal, que expresan perfectamente lo que queremos decir, mientras que las que ellos nos ofrecen enmascaran la realidad. Cada manipulación de este laboratorio anónimo de creatividad nos va alejando del objetivo primordial, ellos prefieren llevarnos a un resbaladizo terreno, donde quedemos con nuestra capacidad de reflexión en suspenso. Son técnicas de la publicidad, del mercadeo o de la política, y muchas veces, en el fondo, hay una operación ideológica de lavado de cerebro.
Cuando nos paseamos en una ciudad, y también en una de nuestras urbanizaciones, de las que tan pródiga es la costa valenciana, nos asalta constantemente el reclamo para alquilar y comprar, con un cartel que dice «disponible». Es una palabra que surgió tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, que lejos de disminuir crece (ahí está la locura de Manhattan en Cullera, junto al Xúquer, ahora ya aprobada su urbanización demencial por el ayuntamiento, cuando un piso de lujo en el centro de Valencia lanzado para más de 1 millón de euros se vende por la mitad, y pocos salen. Mientras que delante del Palacio de Congresos de Norman Foster hay una torre de 20 plantas anunciada y nunca comenzada y otra que sólo tiene el esqueleto desde hace 2 años).
Si vas a una tienda de Armani, mientras la estricta empleada te ofrece lo último, en plena fall (perdonen el anglicismo), te dice que la cazadora es «de piel ecológica». Vale decir de «piel sintética». Pero eso te predispone, como ante un nuevo invento que además te hace sentir conectado con la parte progre de ti mismo, y no sólo fashion victim.
Los políticos hace años que hablan de «la tercera edad» o de «nuestros mayores», porque hablar de vejez, nadie quiere ni oírlo; si además tiene 80 años, que ni se lo recuerden, les diré a los 76, como Sofia Loren. ¿Anciana? Ni hablar. Tercera juventud. Senectud, divino tesoro, pánico de la Seguridad Social.
De siempre les ha gustado hablar de «nuestros seres queridos» por la familia, o «la clase dirigente» (en inglés) como preferible la dominante. Y de «la profesión más antigua» por la prostitución. Y últimamente oigo que dicen «monarquía alauita» cuando quien es alauita es Mohamed VI, por su familia del profundo sur de Marruecos, donde hay muchos alaui, pero Marruecos era tal sin ser alauita ni poco ni mucho. A quienes están en el paro ahora dicen que están «trabajando» porque se están formando. O conformando. Porque superan los 4 millones ya. Espero mucho de su buena formación. Pero muchos son doblemente titulados.
El lenguaje descubre mejor y antes nuestra alienación profunda. A qué manipulaciones nos prestamos, cómo nos persuaden, de qué técnicas se valen. Todo es apariencia, nada es real. Pero en el lenguaje están las huellas. Nos pringamos sin cesar en él y «presas las patas quedamos».

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