Ambición y oportunismo

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Cruz Sierra

Lo que más une a los cinco millones de personas que habitamos en la Comunitat Valenciana, más que el territorio en el que estamos, la cultura propia que disfrutamos o la larga historia que compartimos, es nuestra ambición colectiva por un futuro mejor». Con estas palabras iniciaba el sábado su institucional discurso del 9 de Octubre el presidente de la Generalitat. Una afirmación rotunda que pretendió perfilar con precisión el perfil de los habitantes de este territorio. Al menos el perfil que percibe de Valencia el presidente y su entorno. Ni cultura, ni historia ni siquiera la tierra, o el país. Es la 'ambición' lo que une, según Camps, a los cinco millones de ciudadanos que pisamos la Comunidad Valenciana. Visto así se comprende mucho mejor esa forma de estar —o de no estar— en la política del actual Consell. La ambición y los ambiciosos se retroalimentan por sí solos, no hace falta que el gobierno preste demasiado atención a sus intereses. Pero el concepto de ambición se contradice con el hecho cierto de que la sociedad valenciana se encuentra mayoritariamente cómoda con el estado actual de cosas y con su actual gobierno autonómico. 'Laissez faire, laissez passer' es el mensaje que recibe la Administración valenciana de sus administrados y así lo reflejan las encuestas.
No es necesario realizar un detallado retrato de la sociedad valenciana, tarea de sociólogos, historiadores y politicólogos, para poder trazar unas marcadas pinceladas, casi brochazos, sobre su actual clase dirigente, envuelta en endogamia, inseguridad y apatía galopantes. Un grupo social que confunde la ambición con el oportunismo. Aquello de la «tierra de las oportunidades» que proclamaba Zaplana. Así le está yendo a la sociedad valenciana, que está derivando en acomodaticia, resignada... decadente. Vean, por ejemplo, cómo estando la Comunidad seguramente en su mayor crisis económica en tiempo de paz de los últimos siglos, ninguna organización, institución o entidad valencianas de las llamadas civiles osa levantar su voz contra un estado de cosas que ni este gobierno autonómico ni el que salga de las urnas en mayo próximo —salvo improbables vuelcos electorales, y puede que ni aun así— quiere ni pretende cambiar. Envuelto en un cierto halo de fervor hacia su propio 'papel histórico', ni siquiera tiene conciencia Camps de que el país valenciano, su economía y su antigua pujanza comercial y financiera se hallan, tal como muestran las estadísticas, en un acelerado declive que se acentuará si no se produce un cambio importante en los modos de gestionar. Y a ello se añade la certeza de que, como ya hemos presenciado en multitud de ocasiones a lo largo de la historia y 'Lord Acton' puso por escrito, el poder corrompe y el poder absoluto lo hace absolutamente. Y no otra cosa que corrupción comienza a brotar a borbotones por las agrietadas juntas de la Administración autonómica. Semana tras semana se van haciendo públicos nuevos affaires de personajes que de un modo u otro, en mayor y en menor medida, se han aprovechado de su posición pública para beneficiarse del esfuerzo de todos usando fondos públicos para su lucro personal, uno de los 'pecados' más feos de la democracia —mortal de necesidad—, sin que a nuestros castos dirigentes políticos se les mueva un pestaña o realicen el más diminuto amago de pasar por la justicia a los chorizos que anidan entre sus propias paredes. Igualmente anda escaso de ambición el partido socialista, que no muestra intención alguna de enfrentarse a la corrupción, en este caso política, que crece entre sus filas, como acaba de demostrarse en el llamado caso Benidorm. Si han sido capaces de actuar así en este feo asunto de tránsfugas, ¿por qué vamos a creer que actuarán de forma diferente en otros? Eficacísima estrategia para cavar su propia derrota...
No, el presidente se confunde. La valenciana no es hoy una sociedad ambiciosa. Si lo fuera exigiría más de sus dirigentes... y por supuesto de sí misma, al menos como ciudadanos que siguen apoyando a un equipo de gobierno cada día más alejado de la realidad. Tampoco muestran ambición unos dirigentes empresariales más pendientes de la 'permanencia' que de proponer y exigir reformas de la economía regional. Sí, muchos estudios, documentos, informes, pero luego todos a dar la cabotada a palacio. Y se acabaron las protestas. Falta de ambición la de Cierval y su presidente, a quien catalanes y andaluces le adelantan para situarse en la 'pole' de cara las próximas elecciones a la presidencia de CEOE. Falta de ambición de las cámaras de comercio y sus nuevos dirigentes, que trabajan por perpetuar el actual estatus empresarial a pesar de que las cosas van peor que nunca. Falta de ambición las de los militantes del PSPV-PSOE, que han refrendado la agenda oficial sin plantearse apenas un cambio en unos modos de hacer política que saben fracasados desde hace quince años.
¿Cuáles son las metas y lo sueños de los valencianos y sus dirigentes como comunidad de cinco millones de integrantes? Se pone uno a pensar y le resulta imposible visualizar —a lo mejor es falta de imaginación— un modelo ideal de Comunidad Valenciana en el horizonte hacia el que nos dirijamos de la mano de nuestros actuales gobernantes y políticos. Si cabe se aparece la pesadilla de una comunidad desindustrializada, con el turismo en fuga, cientos de miles de parados, silenciada, cobardica y siempre a la espera de algún milagro del exterior que la saque del túnel...
Fíjense en el espectáculo que están dando los políticos con el AVE y sus codazos a diestra y siniestra para salir en la foto y olvidando que el tren lo hemos pagado los contribuyentes, no ellos. Creen que el tren veloz nos va a sacar por sí mismo del atolladero sin percatarse de que es sólo una palanca que debe ser manejada con ambición y destreza —es decir con proyectos e ideas— para obtener rendimiento de tan cara infraestructura. Y de momento, ni ideas ni mucho menos proyectos. En fin, qué vamos a decir de una Valencia donde ya ni siquiera sus falleras quieren ser fallera mayor por cuestiones económicas. No me digan que esto no es pura decadencia.

Estábamos advertidos. Hace un mes o así se produjo un amago de rebelión de la patronal de las empresas constructoras contra los impagos por parte del Consell. No tuvieron pelos en la lengua: la Generalitat paga tarde y mal. Y advertían que de seguir las cosas así, se iban a producir muchos problemas. La Generalitat reaccionó como es habitual: llamada a capítulo a los 'rebeldes' y restauración de la ley del silencio. Pero los balances empresariales no entienden de silencios y la semana pasada se abrió una nueva grieta en el sector con la suspensión de pagos de Franjuan. Aseguran los constructores que no será la última, que se avecina una nueva oleada de empresas que dejarán plantados a sus acreedores y a sus empleados. Pero no importa, este país es ambicioso y el Consell tiene la ambición de hacernos felices a todos. Hay amores que matan.

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