Tarde o temprano, un moderno Hesíodo pondrá orden en los trabajos y los días televisivos, nos ofrecerá un inventario de los dioses que pueblan nuestro ocio, y todo encajará como una canción de Barry White en una habitación con chimenea. Tantos mitos en forma de series y tantos dioses disfrazados de tertulianos necesitan un poeta didáctico que nos explique de dónde vienen y cómo han llegado a estar donde están. No me malinterpreten. Me importa un bledo saber de dónde vienen los habituales de las tertulias de ultraderecha o esa mujer que se ha comido a Mercedes Milá. Pero, al igual que a los griegos les interesaba saber que en el principio nació Caos y luego Gea, a algunos nos importa saber si en el principio de Spartacus: sangre y arena está Yo, Claudio o 300, o si Sheldon Cooper (Big Bang) nació de Mister Spock o simplemente es como una función tangente inversa que se aproxima a una asíntota. A la espera de un Hesíodo de verdad que nos presente una teogonía televisiva (es decir, una génesis de los mitos televisivos) que contenga una cosmogonía (o sea, una génesis del mundo televisivo), ahí va mi modesta contribución a los trabajos y los días televisivos. De Lucy Lawless, la protagonista de la inolvidable Xena, la princesa guerrera, surgió la actriz que interpreta a Lucrecia, la mujer del lanista Batiato en Spartacus: sangre y arena. Y de Mayim Bialik, la protagonista de la entrañable Blossom, surgió la actriz que interpreta a Amy Farrah Fowler, la amiga de Sheldon y que se le parece como el arroz con leche al postre hecho cociendo lentamente arroz en leche con azúcar. Como Gea alumbró a Urano, de las dulces aventuras adolescentes de Blossom surgió la neurobióloga Amy para que contuviera el C. I. de 187 y la memoria eidética de Sheldon. Feliz y dichoso el que conociendo todas estas propiedades de los días trabaja sin ofender a los Inmortales.