01 de marzo de 2011

Nuestros amigos árabes

01.03.2011 | 06:30

Jorge Dezcallar

Mucho se habla estos días sobre las revueltas preñadas de esperanza en las que los ciudadanos de una serie de países árabes reclaman más libertad y se juegan la vida en el envite. Es fácil describir lo que ocurre pero no lo es tanto desentrañar las raíces últimas del fenómeno. Preguntas como por qué ocurre esto, por qué ocurre ahora y no antes o después, si se limitará solo al mundo árabe o alcanzará también a países en otras latitudes y culturas no tienen respuesta fácil.
Hay que aceptar con humildad que las actuales revueltas han pillado a todo el mundo por sorpresa, empezando por los propios gobiernos, servicios de inteligencia, analistas políticos, diplomáticos y periodistas. Nadie sospechaba lo que se nos venía encima cuando el tunecino Bouazizi se inmoló tras perder su puesto de venta en el mercado. Esa sorpresa explica las dudas iniciales de nuestra respuesta, sin que el tiempo transcurrido nos haya decidido todavía a dar a los nuevos regímenes la ayuda franca y generosa que necesitan para asentarse sin esperar que se aclaren todas las dudas que aún existen y que son legítimas.
Ha quedado demostrado que no hay incompatibilidad entre mundo árabe y democracia por más que mucha gente haya afirmado lo contrario, posiblemente porque les interesaba, sin que tampoco los árabes se esforzaran en desmentirlo hasta ahora. Librarse de grillos y mordazas es aspiración universal.
Las revueltas se producen en este momento porque ahora han confluido una serie de elementos sociales, demográficos, políticos, económicos, de comunicación que juntos las han desencadenado. Desempleo, falta de canales de expresión, malestar social ... existían desde hace mucho pero han producido el estallido popular cuando la crisis financiera ha puesto en evidencia a gobernantes corruptos que antes se soportaban en la medida que aseguraban un cierto bienestar económico. Cuando ni siquiera eso fueron capaces de dar estalló la revuelta favorecida por medios de comunicación –twitter, internet, facebook– que escapan al control de las dictaduras. El caso de Ben Alí, en Túnez, es paradigmático. Lo interesante es que las revueltas ocurren en países con niveles de renta muy diferentes (Bahrein y Yemen son representativos de dos extremos) y no distinguen entre sunitas y chiitas. Todos aspiran a regímenes más participativos.

¿Se limitará el tsunami al mundo árabe? En principio sí aunque Irán sea persa y también tenga ciudadanos descontentos que se manifiestan. Parece que las protestas se constriñen a la media luna que va del Atlántico al Golfo Pérsico aunque eso no quiera decir que la democracia brille en el resto del mundo. Pero por ahora no ha habido "contagio" y no parece que lo vaya a haber, al menos a corto plazo, aunque cuando la bola comienza a rodar es imposible saber adónde llegará.
Hasta ahora la iniciativa la han tenido los pueblos, los jóvenes, los estudiantes, los trabajadores y no los radicales islamistas. Ni en Argelia ni en Egipto –donde son teóricamente más fuertes– han tenido protagonismo destacado.
¿Táctica? Quizás, pero es un dato objetivo, como también lo es que los militares –con la sangrienta excepción de Libia– han retirado su apoyo a los dictadores cuando el precio era disparar contra el pueblo. Se plantea así el interrogante de si se convertirán en parteros de democracia o –puestos en la tesitura de renunciar a sus privilegios– se quedarán a mitad de camino con la excusa de que hace falta tiempo, de que el proceso ni es fácil ni se puede improvisar y que ni las tasas de alfabetizacion o de clases medias lo favorecen.
Se ha comparado a las revueltas actuales con la caída del muro de Berlín que devolvió la libertad a tantos países o con las que tuvieron lugar en Europa en 1848 pero aquellas solo produjeron resultados (república en Francia, unificación nacional en Alemania e Italia) veinte años más tarde con la Comuna, Bismark y Garibaldi. Ahora con la globalización los tiempos se acortan y lo importante es el proceso que se ha puesto en marcha.

Habrá un antes y un después de 2011 en el mundo árabe porque se ha alterado radicalmente el mapa geopolítico de la región donde puede que Irán gane influencia (?), se reanime la reunificación palestina (?) e Israel pierda terreno al no poder ya mostrarse como el baluarte de la democracia en Oriente Medio, lo que aconsejaría adelantarse a los acontecimientos y buscar activamente la paz con sus vecinos porque es en esa paz –y no en más tierra o más armas– donde reside la garantía última de su seguridad. Otros regímenes árabes deberían aplicarse el viejo refrán de poner las barbas a remojar tras ver cómo han caído Mubarak o Ben Alí, mientras europeos y americanos debemos anteponer sin dilaciones los principios a los intereses y apoyar con medios eficaces la causa de la libertad porque es la que nos permitirá a todos asentar el futuro sobre bases sólidas.
Aunque el barril de petróleo se encarezca a corto plazo y el oro se ponga por las nubes.

Embajador de España en Washinton

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