01 de marzo de 2011

La incertidumbre como materia prima

01.03.2011 | 06:30

Martín Sevilla

Hay distintas etapas en la historia en las que priman ciertas certezas sobre lo que va a suceder en los años siguientes. El marco internacional responde al mantenimiento de un cierto "statu quo" (no necesariamente justo, como durante la llamada "guerra fría"); el funcionamiento de la democracia interna de un país presenta un perfil aburrido, con alternancias del poder sin sobresaltos; el avance de la técnica es estable y comprensible por los usuarios y empresas e incluso el marco financiero puede parecer que los gobernadores de los bancos centrales saben cuáles son las reglas para lograr la estabilidad económica. Los ciudadanos y las empresas, en ese escenario, también saben cuáles son las reglas de juego y las posibilidades que tienen de trabajar y prosperar y se adaptan de una forma más o menos tranquila al quehacer cotidiano.
¿En qué se parece este escenario a la realidad actual? Más bien en nada.
En los momentos actuales, los cambios que se producen a corto plazo son de tal magnitud que difícilmente la mente humana es capaz de ordenar tal cantidad de información de modificaciones del entorno, haciéndose muy difícil el tomar decisiones sobre el ahorro, la inversión o, no digamos, sobre las carreras profesionales que posibilitarán en los próximos años el empleo o las actividades económicas rentables. Y sin embargo, el sistema sigue funcionando.
El penúltimo impacto (el último habrá que leerlo en la prensa o en alguna red social mañana), nos viene del viejo Mediterráneo. Las poblaciones de Túnez, Egipto o Libia, de una forma insospechada para los europeos, están diciendo ¡basta! a unas situaciones de injusticia social que se arrastran desde hace bastantes años, modificando la certidumbre que teníamos de que era muy difícil cambiar a los regímenes gobernantes y menos por métodos pacíficos.
Aunque no sepamos cómo van a acabar estos procesos (nuestro deseo es que los mismos sean lo suficientemente juiciosos como para implantar regímenes democráticos y respetuosos con sus ciudadanos), de lo que no cabe ninguna duda es de que se ha abierto un nuevo frente de incertidumbre a sumar a la propia situación interna de las sociedades europeas y, especialmente, de la española. Para nosotros, la frontera que significa el mar Mediterráneo es una frontera acuática pero caliente, en la que los cambios internos tienen una repercusión inmediata en nuestras propias decisiones.
Los cambios más rápidos ya se están viendo en el sector turístico, con el desvío del turismo de masas de esos países al nuestro. A pesar de que para algunos establecimientos esto pueda ser una buena noticia, considero que la misma no es lo más favorable para nuestros intereses globales a medio plazo. El turismo es una fuente de actividad y desarrollo económico considerable y difícilmente los empleos que se pierden motivados por la inestabilidad política en esos países van a ser sustituidos por otros. ¿Y a qué se van a dedicar las personas que a partir de ahora no van a tener esos trabajos? La emigración masiva de tunecinos a Italia nos da ya una pista del problema que se nos puede venir encima.
No hay que ser muy agudo en nuestras apreciaciones para ver que estas situaciones van a incrementar las incertidumbres sobre las expectativas de las personas, la inestabilidad de las empresas, los precios del petróleo o el gas (lo veremos en las próximas semanas), o la formación de los nuevos sistemas de gobierno.
La situación ha puesto también en evidencia las limitaciones que tienen los gobiernos, en este caso, especialmente los europeos y el español, en predecir los cambios. Ya nos pasó con la caída de la URSS. Pero ¿realmente alguien lo podía pronosticar en esta etapa de la historia de revoluciones técnicas e incertidumbres de los cambios?
No resulta extraño que, ante tal cantidad de cambios a corto plazo, los ciudadanos se resistan a las modificaciones legales como las recientemente puestas en marcha sobre las pensiones que hacen previsiones para los próximos 30 años. Pero estos son los signos de nuestro tiempo: adaptarnos a los cambios inmediatos que se producen y tratar de prever los escenarios menos negativos para nuestra población en el futuro. Contrariamente a lo que dice el Gobernador del Banco de España, estos cambios no son materia prima para los historiadores. La incertidumbre es la materia prima actual para los ciudadanos, las empresas y, cómo no, para los gobiernos. Al menos, vaya nuestro deseo en que tomen decisiones y que acierten.

Catedrático de Economía de la Universidad de Alicante

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