Alfredo corre los 800 metros vallas

Matías Vallés

 
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Si Zapatero ha perdido el pulso hasta en las metáforas deportivas, algo grave sucede en el Gobierno. Cuando el presidente basó la idoneidad del esprínter Rubalcaba en su experiencia como corredor de cien metros lisos, se equivocó lamentablemente de prueba. En su recorrido preelectoral, el vicepresidente se enfrenta a los 110 metros vallas. O mejor, a los implacables 400 metros vallas, dos carreras donde los obstáculos resultan más cruciales que la distancia a cubrir. Rajoy se enfrenta a un cómodo paseo de cien metros sin impedimentos reseñables y con el auxilio del motor municipal, en tanto que su rival socialista ha de adelantarle después de un trazado más largo y accidentado.
El PSOE dispone de un único atleta con los recursos necesarios para remontar el handicap, pero conviene recordar que Rubalcaba parte de cero. Para empeorar sus probabilidades, a lo largo del camino deberá desembarazarse de los obstáculos que le ha interpuesto el Gobierno que casi preside. Se llega así al dilema de su permanencia en el Ejecutivo. La continuidad se hace recomendable con viento a favor. Dilma Rousseff se aprovecha del tirón de Lula y Sarkozy arranca de Chirac, por citar otras sucesiones desgajadas del trono presidencial. Sin embargo, la escenificación continuada del vínculo peca de contraproducente cuando la primera misión de Rubalcaba consiste en que los votantes olviden al amortizado Zapatero.
El Gobierno es hoy un vehículo que se despeña en caída libre y con un motor híbrido. Es decir, no funciona con gasolina ni con electricidad. Contra quienes le reprochan su pasado, Rubalcaba debe alegrarse de que su currículum no se limite a la catastrófica legislatura actual. Uno de los errores más frecuentes establece que nunca ha sido cabeza de cartel, cuando ya ganó las generales de 2004. Su providencial aparición televisiva en vísperas del 14-M decidió las elecciones, aunque fue ayudado por el renqueante discurso de un Rajoy empalidecido. Suena por tanto a broma que el presidente del PP o su lugarteniente Arenas le reprochen la edad al vicepresidente del Gobierno.
Cuando Rubalcaba inicia su carrera, agónica en el sentido unamuniano, la izquierda sigue estando ahí. La disfunción surge porque el PSOE se ha apartado de su electorado. Ha elaborado un discurso contra las clases medias, que corren el riesgo de vaciamiento. Cada foto de Zapatero con Botín era un clavo en el ataúd del primero. Ningún país ama a sus banqueros, ni siquiera Suiza, se limitan a envidiarles. En la desastrosa situación del socialismo, el prometido debate de ideas suena a cataplasma estéril. Rubalcaba necesitará propuestas concretas, que inviertan la tendencia de su partido hacia la irrelevancia. El PSOE puede resignarse a la derrota en 2012 o efectuar un cambio en la política española del calibre de la transición. Si no afronta esa revolución, ganará un PP con comportamientos a menudo preconstitucionales.
Los devastadores resultados del 22-M han obligado a los barones socialistas a asumir a regañadientes su declive, pero no abundan los ejemplos de renuncias heroicas ni las explicaciones a la ciudadanía. Se echa en falta una narración detallada de la agitada semana postelectoral del PSOE. Chacón se marchó antes de llegar, y en su autoelegía efectuó una enmienda a la totalidad de un Gobierno en el que sigue ocupando una cartera clave, con la única competencia que todavía monopoliza el Estado. El socialismo no se enfrenta únicamente a una mala cosecha, lo cual le impide relativizar una catástrofe que le otorga un papel de comparsa en la vida local y autonómica. El PP también se equivocará si piensa que ganó las elecciones por méritos propios. Los analistas internacionales no han incurrido en ese error. La prensa conservadora —The Financial Times, The Economist, Time— mantiene las mismas reservas hacia la figura y la falta de propuestas de Rajoy que los votantes del PP. Donde aparece un colchón con el socialismo, por improvisado que parezca, la derecha se encuentra con dificultades. Así sucede en Navarra, Asturias, Canarias, Cataluña o Euskadi. Estas cautelas no impiden que el marcador bipartidista sea de diez a uno a favor de los populares.
Frente a la citada hegemonía del PP, un somero repaso a las portadas demostraría que Rubalcaba supera en atención a su rival y favorito para las generales. La disparidad se explica en parte por la furia desatada contra el vicepresidente por la derecha radical. Sin embargo, la obsesión demuestra que no sólo se trata de tumbar al aspirante socialista, sino que también se le reconoce mayor interés que al cansino Rajoy. Desde la hostilidad furibunda, le rinden un homenaje al vallista embarcado en una empresa imposible.

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