La enérgica respuesta dada por el pueblo noruego a la matanza de Oslo y Utoeya con la multitudinaria concentración en el centro de la capital y con el discurso del príncipe y del primer ministro en favor de la tolerancia, el pluralismo y la solidaridad como la mejor receta para combatir los estragos sociales de este tipo de atrocidades ha puesto de relieve, en medio de tanta inquietud, que el modelo escandinavo de sociedad abierta no tiene el futuro clausurado.
La brutalidad y el desgarro infligidos han sido vividos en carne propia por todos los noruegos (pensemos en la comunidad noruega de l´Alfàs del Pi), por los países escandinavos y, en especial, por Suecia, cuyo Partido Socialdemócrata mantiene una relación fraternal con sus correligionarios noruegos y muchos de sus militantes jóvenes acuden al campamento de la isla de Utoeya. Mona Sahlin, hasta hace un par de meses líder de la SD, recordaba ayer en la prensa de Estocolmo su participación en estos encuentros.
Al tiempo, ha habido una sacudida en la conciencia ciudadana y en unas opiniones públicas incapaces de comprender qué decurso judicial establecer, y qué consecuencias políticas extraer, de la evidente conexión entre el delirio criminal de Anders Behring Breivik y la amalgama de ideas de la extrema derecha ultranacionalista y, sobre todo, de los que piden una respuesta contundente a lo que denominan «invasión de la emigración islamista».
Que el objetivo de Breivik haya sido la joven militancia del laborismo y las oficinas del Gobierno en Oslo subraya el carácter delirante del crimen, pero los primeros comentarios hechos por los lectores del documento que el asesino había colgado en internet evocan también una odiosa mezcolanza de doctrina política y fantasías arbitrarias, incluida una evocación de las cruzadas.
La trayectoria de Breivik confirma que el odio a los inmigrantes islamistas y a los gobernantes de izquierda que «permiten su llegada» ha sido el alimento fundamental de su torcida mente desde hace años. La respuesta de los líderes de los partidos xenófobos, o que surfean los sentimientos antiinmigracion para ganar adeptos o votos, tanto en Noruega como en Suecia, ha buscado evitar cualquier asociación, por remota que fuere, con un asesino que llegó a tener responsabilidades orgánicas en el Partido del Progreso.
No obstante, lo sucedido ahora en Noruega y lo sucedido en Suecia hace unos meses, con una serie de atentados con disparos de fusil contra emigrantes en Malmö, tiñe de alarma el ascenso de una opinión antiislámica y de unos partidos políticos de inspiración xenófoba que encauzan un hecho social difícil de evitar pero también legitiman actitudes muy dañinas para la convivencia en una Europa inexorablemente plural y diversa.
La reacción de los dirigentes políticos y de una gran mayoría del pueblo noruego indica que puede haber energía democrática suficiente para preservar un modelo de acogida e integración del extranjero singular y generoso y que se ha mantenido también, en líneas generales, en Suecia, el otro gran país nórdico con una importante comunidad de origen islamico.
En uno y otro país, ayer se hablaba de revisar la legislación sobre el uso de armas de fuego y el control de explosivos y productos químicos. La Europol anunciaba la creación de un grupo de 50 expertos con la misión de estudiar la amenaza de una posible red o trama antiislámica en Escandinavia.
Para bastantes analistas, desde aquí, el problema no quedará resuelto sólo con medidas de este tipo. Hay una falta de claridad, se dice, sobre qué medidas adoptar para que el fracaso de la multiculturalidad (un fenómeno anunciado en cada uno de sus países por Merkel, Sarkozy y Cameron en poco más de seis meses) no se convierta en una ausencia de respuestas inteligentemente democráticas o en un farragoso ruido de fondo que alimenta las ideas aviesas o los fanatismos criminales.