E l final ha de ser estruendoso, una catástrofe apocalíptica, un crepúsculo wagneriano. Vivimos aún sobre el tapiz del romanticismo y su estela no permite deslices de incrédulidad. Las crónicas de la dimisión de Camps, desde Madrid, reivindican la colosal apoteosis. Las valencianas, en cambio, son más escépticas y rijosas y hasta parece que reclamen la virtualidad del sarcasmo. Ciertamente, el espectáculo que ha rodeado la dimisión de Camps, visto desde la meseta, ha sido titánico: absoluto. No podía ser de otra manera. Hemos de pensar que andaba Trillo tras el telón, y Trillo es muy shakesperiano (Conejero le dirigió la tesis). La lectura periodística de Madrid, pues, venía inducida, en su tremendismo, por el personaje. «Vuélvete y contempla tu muerte.» Ante una frase así, ¿qué haces? Temblar, como el personaje de El Bardo. Trillo desembarcó en Valencia, llamó al timbre de Camps –estuvo en su casa con visitas intermitentes de Cotino y Rita y Cabré-, se alojó en un hotel cercano, extrajo el metal afilado y se puso a descuartizar. Un Terminator en plan fino. No sé si pronunció la célebre frase –«vuélvete y contempla tu muerte»–, pero se la sabe de memoria y la escribió en su cuaderno azul para dedicársela a Camps. Después de la faena, se lavó las manos y regresó a Madrid. Antes cumplió el ritual que cumple todo asesino (político o no) cuando celebra el ritual de la muerte en un círculo cerrado: acudir, como un personaje más, al escenario del crimen, para escurrir las sospechas. De modo que pudo escuchar todavía, a las 4,30 de la tarde, bajo las piedras góticas del Palau de la Generalitat, los gritos de la alcaldesa de Valencia.
Es una de las dos escenas –la de la alcaldesa voceando por el móvil– que constatan la ruptura del PPCV catapultada por la marcha de Camps y que certifican la frágil ligazón del poscampsismo y las familias del partido. La otra escena tuvo lugar el martes, en el patio de las Corts, bajo el legendario ficus, cuando Alfonso Rus encendió un puro y dibujó un gesto cómplice.
¿A quién abroncaba Rita momentos antes de bajar Camps a recitar la dimisión bajo los focos? Camps había reunido al Consell a esa hora, pero también se acercaron hasta el Palau Vicente Rambla y Federico Trillo, además de su inseparable alcaldesa. Rita no se ocultó, sino todo lo contrario –porque quería evidenciar ante todos su enfado y también porque necesitaba hacer ostentación de su estrategia indefinida– cuando levantó un alarido atronador: «¿Queréis romper el partido»? ¿«Sabéis lo que estáis haciendo»? Al otro lado del teléfono, la interlocutora engulló saliva. No. No sabían lo que estaban haciendo. Tampoco lo sabía González Pons, cuya intervención en la crisis de los tres días ha sido lateral. Lo comprobaron al día siguiente, cuando estalló una refriega en el PPCV cuya génesis anticipaba la explosión sideral. Las palabras de Barberá, alejadas de su intencionalidad, fueron proféticas. No ha perdido olfato.
El otro cuadro dramático se aleja en el tiempo seis días después, durante la investidura de Alberto Fabra. Cotino decreta una hora de descanso. En realidad, sus señorías no estaban demasiado cansadas, puesto que el discurso de Alberto Fabra, nuevo en la tribuna, apenas duró media hora. Pero, bueno, un descanso es un descanso. Y en España no se perdona. De modo que Rus salió al patio de las Corts, encendió un puro y entonces sonó el móvil. González Pons, esto es, el viceportavoz de comunicación de la ejecutiva del PP nacional, esto es, Génova en persona, le esperaba arriba.
–«M´acabe d´encendre un puro», contestó Rus, con un cierto desdén, sin plegarse a la voz de Madrid. González Pons hubo de trasladarse a su vera. ¿Hasta dónde puede llegar el desafío de Rus a Génova exhibido en esa iconografía? González Pons decidió reunirse con Antonio Clemente el día anterior: otro desprecio hacia Rus, que reclama territorios y cuyos rivales van de Barberá a Cotino y de Clemente a Sánchez de León. Otro signo de tensión: los ripollistas han hecho público su apoyo a Alberto Fabra 24 horas antes que el propio Rus, quien no cesa de buscar aliados –el «rusismo» es el que los busca: cuando uno «crea» una corriente, el control se dispersa, ya no es dueño de sus actos– para ampliar su campo político en el PP. Otro más: los aplausos de Rus a Fabra fueron lánguidos, indolentes. Unos escaños más allá, Gerardo Camps andaba feliz –al fin– en el hemiciclo y también se observó a los antiguos zaplanistas con mucha chispa.
El discurso de despedida de Camps fue un baño de religiosidad judeocristiana: el sacrificio y la culpa, el martirio y la injusticia. Pero el «campsismo» está roto porque Camps no ha preparado el relevo y los personajes que han dirigido el tronco del PP estos años apenas poseen dominios. O los tienen muy dispersos. El partido lo aglutinaba Camps y ha sido aniquilado. ¿Con quién ha de pactar Fabra? José Císcar está en la Conselleria de Educación batiéndose con los sindicatos mientras Ripoll resucita en su plaza de Alicante ante el nuevo horizonte. Por el momento, la frase de Rita «contra» Génova ha de forjar la leyenda: «¿Queréis romper el partido»? Quizás no pensó Trillo ese detalle. Quizás sí que lo pensara González Pons. Pero no lo dijo.
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