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Decadencia de las facturas a mano

Antonio Vergara

 05:30  

Esta semana corresponde un artículo ligero —pero no exento de gravedad— para olvidarnos de tanta política, politiquería y de tantas catástrofes económicas. Y de tantos robos de alto standing. Entre unos y otros, han requisado enteramente el país. No han dejado ni para las propinas.
Antiguamente, las facturas de los restaurantes y los bares se escribían a mano. Llegaba el camarero, anotaba a toda prisa, y con precisión, lo consumido, arrancaba la hoja de papel y se la entregaba al cliente, sin IVA porque no lo había inventado el sistema. Causaba admiración ver el talento aritmético de aquellos profesionales, sólo con estudios básicos. La ausencia de calculadoras y maquinitas de sumar, restar, multiplicar o dividir, mantenía a las mentes en plena agilidad aritmética. Se utilizaba un bolígrafo barato, generalmente Bic (nunca fallaba) y el precio de las raciones de clóchinas, riñones al Jerez, paella, pata de cordero al horno, arroz negro, pijama (de postre) o vino blanco (Diamante) quedaba impreso, con carácter permanente hasta el Juicio Final. Conservo facturas de muchos restaurantes a partir de los años 50 del siglo XX, emitidas con esta técnica, y no se ha borrado ni una coma, fecha, ración o importe. Sólo en una (21 de agosto de 1961) no veo con claridad si comí carne mechada o ca…da. El precio permanece, sin embargo: 35 pesetas.
A medida que las nuevas tecnologías comenzaron a avasallarnos, fueron desapareciendo las minutos escritas a mano y con bolígrafo (todavía sobreviven en algunos modestos bares o restaurantes). Surgieron los artilugios que todos conocemos, desde las cajas registradoras hasta lo más in, los ordenadores.
Vamos al meollo: ¿por qué ahora, con tanto adelanto, en el papel donde se imprimen las facturas —en establecimientos muy diversos: doy fe— desaparece a las pocas semanas lo facturado al cliente? Por la pésima calidad del papel de la efímera factura o por la nefasta impresión. Hemos llegado a un punto en que, generalmente, el papel higiénico retendría durante más tiempo lo abonado por los clientes, y eso que no es un secreto para nadie que tampoco la finura del papel higiénico es la que fue, a causa de la crisis económica y la pérdida de sensibilidad cultural de «allí donde la espalda pierde su nombre», según Quevedo.
Las patronales de la hostelería (hay decenas) están en la obligación moral y social de organizar un congreso en Torremolinos o Marbella con único punto en el orden del día: «Cómo entregar al indefenso cliente una factura en condiciones de permanecer indeleble hasta, al menos, 2035». Ténganse en cuenta igualmente que una factura de vida casi perpetua es un valioso material de estudio para los sociólogos, historiadores y periodistas culinarios (se excluye a los zampabollos y tragaldabas). Al fin y al cabo, una cuenta legible es un documento del mayor interés histórico y gastronómico.

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