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La calidez del invernadero

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José Vicente Villaescusa

Una representación que trata de conmover desde el primer al último instante. Una obra de Georg Büchner que, al finalizar la Gran Guerra y tras la desaparición de los imperios alemán y austrohúngaro, Alban Berg convirtió en su ópera más conocida. Un soldado con problemas psíquicos es humillado por su capitán. Vive con Marie y su hijo. Una infidelidad de Marie desata su venganza. Se ahoga cuando intenta ocultar la prueba de su crimen. Una dura escenografía de una ópera sobre la pobreza, sobre la incapacidad de los personajes para trascender la situación en la que se encuentran, cerca del abismo, en una realidad desgarrada. La fatalidad está en la naturaleza de las cosas, se impregna de humillación y resentimiento la vida de los excluidos. Al desaparecer la cohesión social se erosiona la autoestima y crece la marginalidad en una guerra de todos contra todos. La supervivencia es cosa de cada uno. La atmósfera Wozzeck, la imprevisible e inevitable fatalidad que nos aplasta, que nos paraliza. Una Europa de recortes, empobrecidas Grecia, Portugal, Irlanda, España, Italia y ahora Francia que pierde su triple A.
Al final parece que todos somos excluidos, las decisiones se toman lejos. Se extiende el tedio y el silencio. Parece que todos debemos sentirnos culpables para que se diluyan las responsabilidades, una especie de devaluación del factor humano ya que no es posible la devaluación de la moneda. La finanzas dictan las leyes. Se impone socializar pérdidas y privatizar beneficios, nos dicen, para restablecer la confianza. Mercados y agencias de calificación dictan implacables nuevas medidas. Merkel sigue con su dieta de austeridad. La banca gana con la deuda del Estado pero todavía no abre sus líneas de crédito para oxigenar la realidad, parece que todavía no es el tiempo de crear empleo. Se extiende la sensación de que tenía razón Kafka cuando decía: «El Mesías vendrá cuando ya no se le necesite, vendrá ese día después de su venida, no vendrá el último día sino el ultimísimo día».
Crece la atmósfera de incertidumbre e inseguridad. Los ajustes llegan a París por mucho que Sarkozy sostenga que la degradación de la nota no condiciona nada. A todos nos golpea el destino del recorte. Crece el hastío de los ciudadanos europeos que vuelven a ver avanzar el empobrecimiento y la exclusión social. Se impone entre ellos la vuelta al hogar, la introspección, el retorno a la autenticidad, el hágaselo usted mismo. Se vuelven a cultivar los pequeños huertos, a reabrir los talleres de averías y reparaciones, a construir narraciones con las ansiedades personales, a aprovechar el centenario de la muerte de Bram Stocker para humanizar los viejos vampiros, el mito de la mutación entre el erotismo y la muerte, el deseo de ser jóvenes para siempre. Vuelven a los viejos cafés europeos las manualidades, coser, bordar, hacer punto mientras se incrementa el tiempo empleado en navegar en las redes sociales. Nos vuelven a conmover las historias sencillas.
Un libro para leer en tiempos inhóspitos: «Rosa Candida», de Auður Ava Ólafsdóttir. Una madre teje un jersey para sus dos hijos, uno de ellos será jardinero cultivador de rosas de ocho pétalos y sin espinas. Un jardinero en su rosaleda, la fragilidad de cultivar rosas. La precariedad de un invernadero donde surge un oficio y un lugar de vida. En el invernadero mantendrá un encuentro con una amiga de un amigo que pondrá en marcha el azaroso camino de descubrir el valor de la paternidad. Una mirada de una escritora en un pequeño idioma siempre al borde de la desaparición, la diversidad de Europa tan opuesta a esa música que se vuelve a oir en Budapest. El gobierno de Viktor Orbán amordaza a los medios de comunicación, desmantela el sistema de protección social. Un país en bancarrota que vuelve al patriotismo estrecho, a creer que su identidad nacional es «criatura de Dios». Un gobierno que concede nuevos derechos electorales a las minorías húngaras de Eslovaquia, Serbia y Rumanía, invitando a revisar fronteras con el viejo sueño de la Gran Hungría.
Para Sándor Márai: «No había existido, ni existía en Europa, un país más asfixiado por la soledad que Hungría». Durante este mes de enero, las avenidas de Budapest vuelven a ser recorridas por manifestantes para los que el deseo es más fuerte que el miedo. Aumenta la pobreza. Crecen las desigualdades, gran parte de la población europea se desliza entre la exclusión y la marginalidad. Todas las ciudades europeas acaban siendo nuestras, acaban estando en nuestro interior. Como sostenía André Malraux, «cada persona tiene dentro de si misma un museo particular donde guarda todo lo que vivió y amó. Cada uno de nosotros ama su museo particular».

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