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Debata como Dios manda

Cipriano Torres

 05:30  

Lamentable, hedionda, mala barraca de feria, impúdica, innecesaria, lacrimógena hasta el ridículo, terrible. Así fue, y peor, La caja, barriada chabolista de Sálvame de luxe con la presencia de la cartagenera Almudena Martínez, señora conocida como Chiqui en el submundo de la productora La fábrica de la tele, que vende a Telecinco las porquerías que tiene a bien evacuar. Al parecer, esta señora ha vuelto a la barraca, expuesta como se expone un fenómeno, y en su regreso, la voz de terciopelo que va sacando el sebo de los invitados a ese sahumerio sicológico, revoloteó como un grajo alrededor de la única razón por la que la tienen ahí contratada, su escasa altura. A lo largo de su bochornoso espectáculo dejó clara su proverbial ignorancia, el dramático y cómico uso de la última expresión que aprendió Chiqui y que metió en la maleta de su bárbara preparación, entre comillas. Todo lo ponía entre comillas hasta el punto de que los más preparados de esa zahúrda absurda y cansina hicieron bromas con la muletilla de la ignara reportera. O lo que quiera que le manden hacer en la productora, que tiene un currículo brillante. Para quienes no están al tanto, recordemos nombres dorados de programas que salieron de su colector. Aquí hay tomate, Hormigas blancas, Resistiré, ¿vale?, Sálvame y La noria. Dos de los mentados tuvieron que echar el cierre por exceso de mierda. Entre denuncias, y el basta ya de los grandes anunciantes, espoleados por una audiencia indignada, la cosa le salía por un pico. Y cerraron. El rollo del tomate se recicló en el rollo salvador, donde a diario se despellejan por contrato unos a otros —o anuncian enfermedades, ay, Terelu, en directo— en un alpechín nauseabundo que acaba cada dos por tres en abandonos intempestivos de sus asalariados por problemas sicológicos.

La ignorante y el culto. Muerta La noria, viva El gran debate. El programa está articulado de forma que quepa un roto y un descosido. Hasta la madre del Cuco, llegado el caso, tendría ahí un asiento. Y volvería, si no fuera por el canguelo que le entró a Paolo Vasile la desbandada de las grandes empresas, que entendieron que su presencia en La noria enturbiaba el prestigio de sus productos, relacionados con un programa con vocación torticera, bajuna, con el mal gusto y el exagerado planteamiento de los asuntos. La semana pasada se estrenó el estruendoso duelo entre unos y otros dedicándolo al paro. Jordi González, el collar del antiguo perro, ayudado por Sandra Barneda en la retaguardia, oficia la misa de los sábados por la noche en Telecinco. Que La fábrica de la tele sabe manejar los hilos de lo que entiende Telecinco por espectáculo, y que ambas factorías de purines conocen la exigente demanda de su audiencia, que no se conforma con cualquier excremento sino con aquel que jamás pasaría los mínimos filtros de la decencia y la dignidad, salta a la vista. Entrambas preparan con meticulosa maestría platos que si no se consumen al momento empiezan a oler a establo. La fábrica de la tele está en todo. Y por eso llevó a una ignorante muy dicharachera a uno de sus más rentables zocos de higadillos, y a un cultísimo consejero al recién estrenado guirigay. Chiqui, a La caja. Pedro Alberto Cruz, a El gran debate. Ambos murcianos. Equilibrio milimetrado. El consejero de Cultura del gobierno murciano, de negro existencialista, está aún en pañales en esto de las tertulias a codazos, y por eso dijo que él, que se creía un rebelde, al final devino disciplinado por no hablar hasta que le tocara. Mal, señor. Así no se hace carrera ahí. Supongo que se quedaría un rato más, para aprender, cuando de golpe el tinglado de El gran debate se travistió en apenas unos minutos en La noria, que jamás murió.

Por caridad, denles algo. Buena jugada de Telecinco. La publicidad volvió al redil. Manó el dinero. Objetivo logrado. Los de Intereconomía son menos cínicos que Telecinco y La fábrica de la tele. Los de Intereconomía son unos románticos. Si siguen las andanzas de esa casa verán que están hasta el cuello, que las cuentas no les salen, que ya mismo les piden a sus tertulianos que no sólo echen su bilis en el plató gratis sino que por tener el privilegio de arrojarlas paguen un poquito. La cosa está tan mala que sin el más mínimo sentido del pudor, hace unas noches entró en directo a la gatera de Antonio Jiménez, circunspecto oficiante de esa pantomima de debates, nada menos que el presidente del tinglado, Julio Ariza. Se ve que por mucho que crea en milagros, y tonifique su espíritu con la amistad de Rouco Varela, que sin duda tiene acceso a privilegios del cielo negados al común, no hay manera de mantener el negocio sólo con manipulación informativa, con bocazas de un gracioso patetismo, ni con patadas a la inteligencia, por zopenca que sea. Y allí estaba Julio Ariza diciendo que la libertad cuesta dinero, que hay que pagar por ver, que la feligresía suelte la guita, que si son familia ideológica, que aflojen la cartera. Alfredo Dagnino, vicepresidente de ese tugurio televisivo que vierte toneladas de veneno a la atmósfera, como esos estercoleros que arden por las esquinas y no dejan de intoxicar el aire, defendió la cuestación por el bien de España, del modelo político que propugnan, por el modelo cultural, y porque no se doblegan ante un mundo trufado de intereses. Vaya, hasta ahí, todo correcto, legítimo, hacen bien en defender sus ideas, pero hombre, que Intereconomía no «sirve a intereses de grupo ni de facción» es como darle voz, que se la dan, a Mario Conde para que aleccione a la audiencia sobre decencia y honradez. O a Alejo Vidal-Quadras para decir, como dijo, que ellos son veraces y objetivos. Ya. Se acabó. ¿Pero qué toma esta gente? ¿Qué creen que tomamos? El magín de Conde aún guardaba un chiste, en España es difícil hacer verdadera información, pero aquí se hace, dijo el repeinado. Háganse socios del Club de Amigos de Intereconomía, coño, a ver si por unos euros nos quitan esta fuente impagable de buen rollo y humor, tan típica de la ultraderecha. Ella sí debate como Dios manda, hostias, y no como los amariconados de otros puticlub.

Las uvas de la ira
Dice el sindicato USO que las uvas de fin de año en TVE, aparte otros gastos, salieron por un pico. Anne Igartiburu y José Mota se llevaron en veinte minutos de emisión 30.000 euros. Cada uno. Suena como una puñalada en estos tiempos. El Gobierno de Rajoy ha quitado a la Corporación RTVE 200 millones para 2012. Muchísimo dinero. Con estipendios como estos, más sueldazos de consejeros, el tren acabará en vía muerta.

  HEMEROTECA

  Viñetas de Raúl Salazar

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  El humor gráfico de Ortifus

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