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Navegar encallados

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José Vicente Villaescusa

Ya nada presentimos y luego nos quedamos asombrados!» escribió el poeta Vladimir Holan desde su isla de Kampa. Junto a la isla toscana de Giglio, el capitán Francesco Schettino quería saludar, hacer sonar las sirenas e iluminar todas las luces, dar una buena impresión, componer una bella figura y el resultado fue alardear de su temperamento temerario. Al capitán, sus oficiales y suboficiales sólo se les vio en la cena de gala, desaparecieron en el momento del accidente. Los malos gestores solo piensan en ponerse a salvo cuando vienen mal dadas. Luego dirá que los mapas tenían ausencias, las rocas no estaban señaladas en las cartas marinas, los GPS no funcionaban, él no quería escapar, cayó en una barca. ¿Dónde están aquellos navegantes que acrecentaban el poder militar y comercial más allá de las fronteras?
La navegación se asociaba al valor y a los mitos griegos. El naufragio era el castigo por la hybris, por la arrogancia, por la codicia de mercaderes y navegantes. Ahora la prepotencia, la fatuidad, la negligencia y temeridad se asocian al capitán del Costa Concordia, tan lejos en su carácter de Edward John Smith que murió a bordo la noche de abril de 1912. Los pasajeros y la tripulación nunca imaginaron que el «sinfín de experiencias» prometido también incluía el presenciar la cobardía del abandono. Las legendarias y terribles sirenas relacionadas con los naufragios de antaño no esperarían tampoco ser reemplazadas por traductoras de efímera gloria mediática. El agua es a la vez origen de vida y causa de muerte y destrucción. Errar es humano y el mar es la imagen de muchas empresas también en sus aspectos imprevisibles y devastadores. Esa es la estrechez de nuestra experiencia, día a día, generación tras generación, nos enfrentamos al mismo mar repleto de aventuras y, en el mismo errar aprendemos que el naufragio sólo es cuestión de tiempo.
Godard rodó la primera parte de su última obra, Film socialisme, en el Costa Concordia. La película se inicia en un crucero de vacaciones con diferentes personajes conversando en cubierta, fantasmas adormecidos de la cultura europea. El filósofo es un amigo de hace cuarenta años, Alain Badiou, que mantiene la idea de que uno sólo muere en el tedio y aburrimiento y vive cuando se transforma, se divierte y aprende. Da una conferencia de geometría en una sala vacía, como un náufrago del desierto. Hay referencias a «las ilusiones perdidas» de Balzac, a la energía del periodismo de entonces, a la voluntad de existir, de dar una oportunidad al deseo mientras Godard nos cuenta el fracaso de una utopía y la decadencia de Europa. Por eso no le resulta difícil sostener que: «No hay propiedad intelectual. Estoy, por ejemplo, en contra de la herencia. Que el hijo de un artista pueda beneficiarse de los derechos de la obra de sus padres… me parece bien hasta que alcance la mayoría de edad. Pero, después, no creo que sea muy normal que los hijos de Ravel perciban los beneficios por los derechos del "Bolero"».
Ha coincidido el estreno de J. Edgar, de Clint Eastwood, con la operación del FBI de cierre de Megaupload. Enviar al FBI a cerrar webs es traspasar el umbral de luchar contra la piratería. Parecía que el debate se centraba en si era necesaria una legislación excepcional o bastaba con la ordinaria. Introducir leyes en el territorio internet se puede hacer o como se realizó la conquista del Oeste americano o con el Estado de Derecho. Existe el riesgo de que en medio de la búsqueda de nuevas perspectivas de negocio en el mundo digital vayamos directamente al control y a la censura que se practica tan eficazmente por las autoridades chinas. Algunos parecen estar hechizados por el crecimiento chino, por su capitalismo de Estado de partido único y por su eficaz censura en internet y en las redes sociales y se dedican a criminalizar a los consumidores y a tildar de piratas hasta a los que rebobinábamos cintas de casetes y vídeos en otros tiempos.
Nosotros, que fuimos autodidactas en nuestra juventud, discípulos sin maestros, en un régimen de partido único, apreciamos en mucho la libertad de expresión de los internautas de hoy en la red. No podemos sino mirar con recelo ese capitalismo de Estado que se extiende y prolifera en exceso. Nos identificamos con Christa Wolf, que en su última obra La ciudad de Los Ángeles o el abrigo de Dr. Freud nos cuenta que «leíamos periódicos unos y otros horrorizados como si tuviéramos que participar en un concurso sobre qué país se hallaba en una situación más desconsoladora».

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