En ausencia de representantes genuinamente valencianos en el Gobierno de España, el titular del Ministerio de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo, ha asumido el papel de comisionado. A falta de pan, buenas son tortas. Desde que tomó posesión como inquilino del palacio de Santa Cruz, Margallo ha redoblado su faceta diplomática para escapar de la invisibilidad —es el ministro más desconocido, según certificaba hace unos días el CIS— y buscar notoriedad al menos en Valencia, donde un PPCV huérfano de políticos de primera fila necesitaba una correa de transmisión que disimulara su pérdida de influencia y actuara de portavoz autonómico en el Ejecutivo de Mariano Rajoy.
Consciente de que la formación del nuevo Gobierno coincidía con el juicio contra Camps, convencido de que la situación de semiquiebra de la Generalitat jugaba en su contra y resignado a admitir que los escándalos Gürtel, Emarsa y Urdangarín abrían un cordón sanitario que impedía a Rajoy nombrar valencianos en los puestos más codiciados de su Gobierno, los dirigentes del PPCV se aclamaron a la pedrea. Pero ni la enérgica petición de cariño de Rita Barberá surtió esta vez efecto. El PPCV no está presente ni el primer escalón de altos cargos, ni en el segundo, ni en los subalternos. Margallo, en cualquier caso, ha aceptado el reto de cubrir ese hueco y multiplica su presencia en Valencia, venga o no a cuento, para hacerse notar. El candidato nativo, González Pons, deberá conformarse con el «orfanato» de la calle Génova.