Asisto estupefacto a la llantina de los autoinvestidos representantes de la valencianía en el capital del Banco de Valencia reclamando un día sí y otro también la movilización de la sociedad valenciana para salvar la entidad. Bueno, no tengo muy claro si la entidad o sus inversiones particulares en la entidad. Lo que sí tengo muy claro es que no decían nada cuando se embolsaban sus buenos dividendos gracias a una cotización absolutamente irreal e hinchada que llegó a hacer del banco la entidad más cara en bolsa. O cuando dejaban crear sociedades conjuntas para dar alas a empresas de sonoros apellidos aun siendo negocios ruinosos. En esos días de brillo y lujo no oí a ninguno de ellos ofrecerse a compartir sus beneficios con esa sociedad valenciana a la que ahora apelan como último recurso para salvar una historia que nunca les importó más que para dar brillo a sus bolsillos.