Con la lectura en estas páginas de Levante-EMV, del interesante artículo «El exilio de la sociedad civil valenciana«, y tras el manifiesto suscrito por un nutrido grupo de profesionales valencianos reclamando «Más sociedad civil», escribo estas breves líneas, como pequeña aportación en la dinamización de la siempre controvertida sociedad civil valenciana. «Vergonya, cavallers, vergonya», es la célebre frase que, según parece, dirigió el rey Jaime I a sus caballeros. La vergüenza que se requiere para recuperar un país que es el nuestro. La imputación de los políticos, el sobrecoste de las obras públicas, la malversación de caudales públicos, la hipoteca a futuro de nuestras instituciones. Con índice de paro superior a la media española, e inferior de renta per cápita, situación lamentable de nuestras instituciones financieras —confiemos no llegar tarde para mantener la vinculación del Banco de Valencia con nuestra economía— y obligada expulsión laboral de nuestros jóvenes más preparados.
Desde el anonimato de una sociedad que rememora eventos con escasa autocrítica y el conformismo de unos ciudadanos que se suma a ejes de la prosperidad ajenos ignorando los que por historia nos son propios. ¿A quién preocupa todo esto? No, a quienes sólo buscan los votos en unas elecciones periódicas situando siempre la cuestión del propio país en segundo término. Valencia sólo volverá a ser la Valencia de nuestras esencias cuando las raíces recuperen todo su protagonismo, pues lo contrario es desmerecer en nuestra estima colectiva y en la valoración de los demás. Fuimos tierra de dominación árabe, conquistada por las tropas del rey de Montpellier, quien nos dio fueros, lengua y cultura, desposeída tras la batalla de Almansa y conformada tras la guerra civil con cuarenta años de dictadura que acabaron por difuminar nuestra débil esencia. Difícil de recuperar, por otro lado, cuando existen zonas que, desde siempre, fueron de transición, otras de aluvión, algunas de inmigración y ciertas de opción, por un modelo contrario al de nuestros propios intereses.
La renaixença cultural no llegó a ser nunca social. Los intentos de conseguirlo, principalmente universitarios, con la obra de Joan Fuster, no llegaron a traspasar la sólida red tejida por las poderosas fuerzas vivas de intereses contrapuestos. Y así estamos. Valencia no saldrá de su ambigüedad mientras no recupere su memoria y se reconozca tal cual es, Alicante y Castellón no se alineen verdaderamente tras la misma bandera y nuestra lengua no sea utilizada sin subsidiariedad y sea apreciada, en primer lugar, por todos los valencianos, del norte y del sur. Valencia sólo alcanzará su correcto protagonismo cuando sus ciudadanos asuman, asumamos, el compromiso con nuestra sociedad, restaurando la confianza en ella y en sus instituciones, exigiendo a sus gestores que cumplan con su responsabilidad, y recuperando el tiempo perdido en el desarrollo de un país, por el cual, con Raimon, «cante les esperances i plore la poca fe».