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los nuevos pobres

Juan Cruz

 05:30  

Uno de los textos más conmovedores que he leído sobre la amistad, su esencia y sus consecuencias, es el que dedica Natalia Ginzburg a su amigo Cesare Pavese, el escritor italiano que se suicidó en Turín el 27 de agosto de 1950. Delicado, admirativo pero contenido como el abrazo a un padre, en ningún momento cae en el abismo de la melancolía, sino que va describiendo, sin vuelo en el verso, aquel carácter arisco y autodestructivo que llevó a su final más abrupto al autor de El oficio de vivir.
Ahora he leído, en Flores en las grietas, de Richard Ford, un nobilísimo recuerdo de su abuelo, hotelero en Little Rock, que es también una hermosa descripción de lo que es la vida con otros recordada más tarde como el curso de un aprendizaje.
La amistad no es tan solo entre los amigos que uno va encontrando en la vida, en la escuela, en el instituto, en los oficios que se derivan de todo ello, sino que se da también entre los parientes, entre los más allegados, y ahí no siempre la amistad tiene los ámbitos purificados que se le suponen a este importantísimo afecto, pues muchas veces ese abrazo al padre, o al hermano, o a la madre, se ve enfriado por múltiples accidentes burocráticos que en otros ámbitos de la amistad no tienen por qué ser tan determinantes.
El último encuentro, de Sandor Marai, por ejemplo, es la descripción sutil pero descarnada de la amistad cuando ésta se va diluyendo y ya es tan solo un recuerdo que únicamente se puede revivir con palabras, y ya no con hechos. En Rayuela, la novela de Cortázar que dentro de nada cumplirá medio siglo, la amistad es determinante, como tira y afloja y también como tabla de salvación.
Las revoluciones y las guerras han desembocado en amistades improbables. La Revolución Cubana, por ejemplo, fue la aventura de unos amigos, desembocó en la aventura de otros amigos, y estos amigos, como aquellos, empezaron a dispersarse gravemente cuando comenzaron a agrietarse los fundamentos sentimentales y civiles de aquel gesto que derrocó a un dictador para instalar, finalmente, a otro.
El boom de la literatura latinoamericana, que tantos frutos dio a la manera de ver y de escribir la realidad y los sueños de América y del mundo, se basó en ese sentimiento, en algún sentido, pero fueron esas desavenencias generadas por los desacuerdos acerca del rumbo cubano las que destruyeron relaciones, que en algunos caso se mantuvieron por razones de estrategia editorial o simplemente por la inercia que hace que los sentimientos sigan pareciendo cuando ya no son.¿Y ahora? En la literatura, en las artes, en la vida, estamos viviendo un instante de enorme dispersión de los afectos; yo me atrevería a decir que, del mismo modo que en los años 50 se vivió, como decía Nathalie Sarraute, la era de la sospecha, ahora estamos la era de la indiferencia. Causada por la crisis económica, quizá, por la ambición de ser más que los otros, de competir a toda costa, en todos los ámbitos de la vida, los seres humanos nos estamos despojando del pudor que lleva a aceptar al otro como igual, y sólo se acepta ya como competidor, como personaje al que mirar de reojo, para verlo caer si es posible, pues la competencia requiere, en esta situación, también la derrota ajena para sentir que nuestro triunfo es grande, único, pleno, planetario.
Esta voluntad de triunfo a toda costa, esta mezquindad asombrada que busca en el éxito la única razón de la vida, la profesional, la creativa, está causando en el mundo que vivimos esa indiferencia, en la que nadamos como si no pasara nada, como si la destrucción del afecto de la amistad, entre todos los afectos que se van diluyendo, no fuera una derrota mayor, una vergüenza íntima de la que todos somos culpables o, por lo menos, damnificados.
Acabo de estar en Zaragoza, en la inauguración de la gira que Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina hacen ahora por España con su nuevo espectáculo. Ahí encontré, en esos dos artistas, ese filamento de amistad que, en su caso, ha sostenido la aventura de su encuentro, que a priori se daba por muerta o por imposible. Porque los caracteres iban a chocar, porque quizá no iban a aguantar la presión de tantas noches y de tantos días, dentro y fuera del escenario de sus propios egos.
Pues han aguantado. Les pregunté cómo lo habían hecho. Porque se hizo sólida la amistad entre ellos, porque se quieren, porque están dispuestos a aceptar que el otro es, quizá, mejor, y viceversa. Ojalá esta excepción que cuento, entre otras excepciones que habrá, desmienta mi sensación lastimada de que estamos viviendo, en general, en la era de la indiferencia. Un tiempo en que ser amigo ya no es, como dice Manuel Vicent, despertar a otro de madrugada para pedirle dinero o un consejo. O para preguntarle si ya está mejor, si va sobreviviendo al oficio de vivir.

  Viñetas de Raúl Salazar

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  El humor gráfico de Ortifus

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