De cómo salvarse de la prima

 

Alberto Soldado

Siendo que hemos hecho el primo comprando pisos por tres veces del valor real y endeudándonos con hipotecas vitalicias, podemos presumir con legítimo orgullo de ser expertos en primas de riesgo, abuelas, bisabuelas y tatarabuelas lejanas. Nadie como el español para saber lo que significa la definición que sobre la prima de riesgo nos ofrece ese portento del saber que es wikipedia: «la prima de riesgo es la cantidad mínima de dinero que hace que el rendimiento esperado de un activo con riesgo exceda el rendimiento conocido de un activo libre de riesgo o el rendimiento esperado de un activo menos arriesgado, induciendo así a un individuo a mantener el activo arriesgado en vez del activo libre de riesgo».  Más claro, imposible. ¡A nosotros con primitas de riesgo?! La crisis no sólo nos obliga a hacer economías, sino a aprender sus ecuaciones y derivadas. Partiendo del conocimiento de la prima hemos comprobado que un aumento de los denominados recortes conlleva un sustancial crecimiento de los parados y así hemos caído en la cuenta de que, directa o indirectamente, casi todos vivíamos del presupuesto público. Descubierto el secreto han quedado desnudos aquellos que, de manera muy placentera, siguen viviendo del mismo. Y que son, miren por dónde, los que dictan las leyes que recortan a los demás. No me extraña que, como ocurrió con nuestros primeros padres, descubriendo su pecado empiecen a refugiarse y a evadir presencias públicas. Menos el alcalde de Gandia, el más listo de todos.
Cada anuncio de retirada de pagas es contestado con una subida de la prima, ya saben, esa cosa que ustedes han leído antes. Así es que un hombre cabal y sereno como parece ser Rajoy acabará loco. Yo de él, aprovecharía para retirarme a un monasterio y disfrutar del próximo y apasionante comienzo de la liga española. Zapatero ha acabado contando nubes e invitando a la Merkel a pasar con él un fin de semana en Lanzarote a lomos de camellos hablando de economías. Una imagen de lo más enternecedora. Los azules ojos de Zapatero cautivando a la sin par belleza de la teutona. Resulta que en esta virtualidad económica en la que vivimos desde que en los billetes dejó de aparecer aquello de que «el Banco de España pagará al portador mil pesetas», con firma del gobernador, secretario e interventor, todo es un no sé qué que qué se yo. Habla un tal Draghi y dice algo que parece querer decir, y bajan los intereses. Y si al día siguiente no dice lo que pensaban algunos que quería decir, y en cambio dice que si dije algo más bien  no era lo que quería decir, y otra subida. Puestos en esa tesitura convendría del presidente que, antes de su inminente retirada, tan merecida y ganada como se la tiene, dijese cuatro cosas bien dichas. Y claritas. Una declaración institucional, con el protocolo de las grandes ocasiones, que acabara con una pedorreta y un solemne ¡vayánse a la mierda!
Volvemos locos a los alemanes y santas pascuas.

  Viñetas de Raúl Salazar

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