Mayorías absolutas

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Joaquín Rábago

Lo enseña la experiencia con nuestros gobiernos, de uno otro signo, de la democracia. Y da lo mismo el central que los autonómicos. Mayorías absolutas rara vez fueron buenas. Sobre todo en un país como el nuestro, de gentes que hablan en voz muy alta y, por el contrario, rara vez escuchan. Un país de políticos de verdades absolutas, poco dados a la negociación y al arte del compromiso, que no aceptan la mínima crítica, que reclaman de sus correligionarios obediencias perinde ac cadáver, como los jesuitas, y que anatemizan ipso facto a quienes se atreven a llevarles la contraria. Políticos que ven en los medios mínimamente independientes un peligro real y sólo se fían de periodistas ideológicamente afines o de aquellos a los que, aunque no lo sean, pueden fácilmente controlar. Dirigentes que, nada más llegar al poder, tratan de echar por tierra todo lo que hicieron sus predecesores sin pararse a considerar si era bueno o malo, que cambian a los altos cargos como si fueran simples peones en un juego de ajedrez para poner en su lugar a los suyos y sin que parezca preocuparles lo más mínimo el que puedan venir otros dentro de cuatro años y procedan de igual forma con los que ellos colocaron.
La acción de gobierno exige continuidad y no estar sometida a vaivenes o caprichos personales. Es algo a lo que tienen derecho los ciudadanos, que hace ya tiempo que piensan que todos los políticos «son iguales» porque sólo están ahí «para lucrarse» mientras ocupan el poder. Lo cual sin duda es falso, como suelen serlo todas las generalizaciones. Pero es algo que no deja de alimentar, aquí como en otras partes, sobre todo en tiempos de crisis y de inseguridad, populismos que pueden pagarse luego muy caros.
Ya está bien de políticos que se creen poseedores de la única verdad, que dicen hacer sólo «lo que toca» e insisten en que si lo hacen es por el bien de todos y porque además no puede ser de otro modo. Políticos que han tolerado sin mover una pestaña los abusos de la banca, la corrupción urbanística y la destrucción de nuestro litoral.
No, las mayorías absolutas rara vez fueron buenas. Como no lo son tampoco las listas cerradas y bloqueadas de los partidos parlamentarios o la disciplina absoluta de voto. Tenemos una democracia todavía muy imperfecta si se compara con otras de nuestro entorno europeo. Pero no parece que ninguno de los grandes partidos tenga muchas ganas de mejorarla por más que afirmen lo contrario cuando están en la oposición. ¡Tienen tanto que perder con ello!. Y ¡tanto que ganar, en cambio, los ciudadanos!

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