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Las mil y una noches de Damasco

 

Luis M. Alonso

Cuenta la leyenda que en un viaje desde La Meca, el profeta Mahoma posó su mirada en la montaña de Damasco pero se negó a entrar en la ciudad porque quería atravesar la puerta del paraíso sólo una vez, cuando le llegase la hora de morir. La de Mahoma no es sino una de las miles de historias damascenas; también existen mil y una noches, además de un largo inventario de calamidades y de destrucción, no sólo la que a Damasco le ha tocado esta vez por la guerra civil. Fue conquistada por Alejandro Magno, los persas, los fatimíes, los mongoles y los turcos, siendo arrasada varias veces. Las guerras santas, Saladino, la invasión otomana, las ocupaciones en los grandes conflictos bélicos del siglo XX, la alianza militar turco-germana, el celo militar frente a Israel son episodios que han dejado cicatrices.
Partiendo de una posición privilegiada Damasco era la primera parada de los viajeros que venían del Este. El río Barada fluía hacia abajo libremente desde las montañas donde el Profeta quedó absorto ante la belleza que se ofrecía a sus ojos. La vieja capital de Siria, además de bella, siempre fue muy codiciada. Las maquinaciones para poseerla de aquellos que la han reclamado como propia resultan tan fascinantes como la riqueza de la arquitectura y la cultura que dejaron atrás las civilizaciones. Es difícil encontrar una población en el mundo con tanta historia en un espacio tan pequeño como el de la ciudad vieja. Damasco, por lo que vi más fugazmente de lo que quisiera con mis ojos asombrados, ha sabido mantener viva la noción romántica de Oriente, con sus suks, bazares y callejones sin salida, minaretes, mezquitas y patios con fuentes, vendedores ambulantes y cafés.
En el Damasco que conocí, el Barada ya no fluía como en los tiempos del Profeta, pero se respiraba una nueva primavera de la vida. A la izquierda florecía una ciudad moderna y sofisticada donde prosperaban los negocios montados a la sombra del régimen: la foto de Hafez el Asad, el padre del actual carnicero del pueblo, presidía desde el establecimiento más lujoso hasta al último y mugriento agujero. Antes de poder comprobarlo en persona me asaltaron durante tiempo tres ráfagas de Damasco que he conservado: las lecturas de Richard Francis Burton, uno de los mayores aventureros del siglo XIX; la semblanza que Colin Thubron escribió sobre la ciudad, y la información que recibí de unos amigables sirios en un hotel de Estambul. Burton se enteró de la noticia de que había sido nombrado cónsul británico en Damasco cuando se encontraba anestesiado por el alcohol en un cafetucho de Lima. El lugar adonde le enviaban, el más fanático del Imperio Otomano, era «láudano a todas horas», una especie de amodorramiento opiáceo. Edward Rice, uno de los biógrafos de Burton, cuenta cómo Isabel, la mujer del capitán y escritor inglés, había idealizado la ciudad como un Jardín del Edén, lleno de cúpulas henchidas y de minaretes resplandecientes, «cuyas deslumbrantes lunas crecientes estarían engastadas en todos los matices del verde». Damasco resultó ser más exótica incluso de lo que ella misma pensaba. Hasta el punto de caer en la cuenta de que se encontraba «seis veces más lejos de Inglaterra» de cuando vivían en Brasil. La Damasco que descubrieron Burton y su esposa era una de las ciudades más misteriosas y exóticas del mundo, antiquísima, mencionada en el Génesis y elegida como capital por los Omeyas después de que se hubiesen trasladado desde Medina. El esoterismo de los sufíes se repartía por todos sus pliegues.
El consulado de Burton en Damasco coincidió con la apertura del canal de Suez en 1869. Años más tarde se produciría la inauguración del enlace férreo con Beirut y de ahí un puente a la modernidad. Los viajeros que llegaron más tarde a la ciudad, entre ellos Pierre Loti, estaban convencidos de que la capital, entonces otomana, acabaría adoptando como Estambul cierta europeidad. Pero los estambulitas todavía se ríen de ello al tiempo que se lamentan los damascenos. La pareja de Damasco que conocí en un hotel a unos pasos del Bósforo quiso entablar conversación con el español que bebía en soledad en la barra del hotel. Él era ingeniero y ella médico, añoraban ese tono occidental de Pera y se volvían locos de curiosidad por todo lo que su nuevo amigo les podía contar de Europa. Se turnaban, mirándose a los ojos, buscando signos de aprobación el uno en el otro, para criticar la crueldad del régimen de Hafez el Asad, y ya entonces, como otros sirios, abrigaban esperanza sobre las virtudes aperturistas del sucesor. Ignoro lo que estarán pensando en estos momentos y si seguirán viviendo en aquella ciudad que se empeñaron en mostrarle más tarde al extranjero alucinado que seguía la luz del Cham en aquella metrópoli magnífica, antigua, de los cielos benignos y los tonos dorados. La que el escritor de viajes inglés Colin Thubron describió en sus semblanza hasta sacarle un nuevo brillo: «Damasco, salpicada de luces, se ahogaba en vientos fríos. La luna dentada en el monte abría sus venas blancas en la sombra».
Recuerdo el olor del pan recién horneado, la shawarma en los puestos callejeros, el perfume de las especias. Y la calle Recta. Madhat Basha es la vía que une el este y oeste de Damasco, desde Bab al-Jabiye a Bab Sharqi, y discurre paralela al Zoco al-Hamidiyah. En la calle abundan, a uno y otro lado, las tiendas de ropa, de artesanías en madera, de dulces rellenos de pistacho y de todo tipo de polvos mágicos aromáticos. Los callejones que ­desembocan en ella reciben la sombra de las mansiones antiguas. Al final, en Bab Sharki se encuentra la puerta romana del sol, que al igual que otras monumentales tiene un gran arco central para los vehículos tirados por caballos y dos más pequeños a cada lado para dejar paso a los peatones. Poco menos de un kilómetro al oeste de Bab Sharki está el arco romano monumental, excavado y reconstruido en 1947 por el Departamento de Antigüedades de Siria. Del lado derecho, en la antigüedad había una iglesia bizantina dedicada a la Virgen María. En el mismo lugar se levantaría más tarde una iglesia que sirvió de sede al patriarcado griego ortodoxo.
La ciudad ha sido encuentro de religiones y culturas distintas. Todas han convivido allí o se han enfrentado en algún momento de la historia. El español Domingo Badír, por ser kafir o infiel, tuvo que convertirse en Ali Bey y vestir ropas orientales para poder entrar en Damasco a caballo y atravesar el halo de las mezquitas. A Damasco la visitaron y tuvieron tiempo para amarla, además de Loti, Flaubert, Lamartine, Gauguin, Agatha Christie, Freya Stark y otros muchos viajeros ilustres. Las mil y una noches trajo entonces la seducción oriental a Europa. Bachar el Asad ha preferido remontarse en la historia para contribuir con su ejército a la destrucción.

  Viñetas de Raúl Salazar

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