¿Por qué España vende tan mal sus cosas?

 

Joaquín Rábago

Acaba de visitarme una amiga periodista austriaca que ha pasado algunos días en Baleares y Andalucía para realizar un reportaje sobre el maltrecho sector inmobiliario. La he acompañado en esta última región para hacer de cicerone por lugares que conozco y he aprovechado para recoger sus impresiones, que coinciden en buena parte con las mías.
Lo primero que le ha llamado la atención, viniendo de un país pequeño, pero que tan bien sabe "vender" su legado cultural y culinario - por ejemplo, a sus genios musicales como Mozart, presente hasta el empacho en Salzburgo o Viena, su concierto de Año Nuevo, transmitido por televisión a todo el mundo, sus festivales de música, sus palacios barrocos, su torta Sacher, su Apfelstrudel o su Wiener Schnitzel€ es lo mal que vendemos aquí lo nuestro.
Ha saboreado, por ejemplo, quesos excelentes de oveja y de cabra, superiores en muchos casos a los mejores franceses que ha probado, y se sorprende, sin embargo, de que sean, con excepción tal vez del manchego, uno de los secretos mejor guardados de un país como el nuestro, que parece seguir creyendo que el buen paño en el arca se vende.
Hemos comentado, por ejemplo, lo bueno que sería que en las tiendas donde se venden ese tipo de productos hubiese algún cartel así como folletos de atractivo diseño que indicasen los distintos tipos de queso, de vino o de conservas o los excelentes aceites, por poner algún ejemplo, de forma que quienes visitasen cualquier región del país se llevasen una mejor idea de nuestra variadísima oferta y no siguiesen creyendo, como les ocurre a muchos, que el mejor aceite es el italiano, el mejor jamón, el de Parma o que no hay, fuera del champán francés, más que los, por cierto bastante horribles € y que me perdonen los italianos-, "spumanti".
También ha expresado su sorpresa por el poco instinto comercial que ha notado en muchos de los que se dedican a esas actividades, su escaso, cuando no nulo conocimiento de idiomas, incluso de los más básicos, como el inglés, el francés o el alemán, su falta de iniciativa, su cierta pasividad ante el cliente.
Le he explicado que es algo que viene de muy atrás, que nuestros antepasados vendían lana a Inglaterra, Holanda o Francia con la que luego esos países fabricaban tejidos de alta calidad que luego importábamos o que se rexportaban desde aquí a la América española, de forma que la plusvalía era siempre para los de fuera. Y que lo mismo ha ocurrido hasta hace poco con los vinos y aceites, que vendíamos a granel y que otros, más avispados, envasaban y etiquetaban, llevándose de paso la fama.
He visitado con mi amiga museos tan interesantes, desde el punto de vista arqueológico, como el de Cádiz sin tener que pagar nada por la entrada pero en los que no existe una sola tienda en la que adquirir, no ya catálogos, libros de arte o de historia y souvenirs- sino una simple postal que enviar a los amigos.
Es cierto que también en Londres, por ejemplo, sus excelentes museos son gratuitos, pero la publicidad internacional que los rodea es masiva, y buena parte de sus ingresos se derivan de las ventas en sus tiendas, en sus restaurantes o cafeterías. Aunque no hay que ir € es cierto- tan lejos, pues, entre nosotros, el Prado, el Thyssen-Bornemisza o el Reina Sofía, de Madrid, han aprendido rápidamente esa lección.
Y por lo que se refiere al sector inmobiliario, el tema que la trajo a España, tras hablar con agentes de ese sector, mi amiga se ha sorprendido también de la cantidad de trabas burocráticas que existen en algunos lugares. Y sobre todo de la paradoja que supone el que se les creen tantos problemas a quienes tratan de restaurar un viejo edificio protegido para convertirlo, por ejemplo, en un hotel "con encanto" , aun cuando el empresario se comprometa a respetar lo esencial del mismo, cuando al mismo tiempo se deja que muchas fachadas sigan desconchándose, se derrumben los tejados y que los edificios amenazados porque sus propietarios no pueden o no quieren mantenerlos terminen convirtiéndose en auténticas ruinas.
Un exceso de protección y una falta de flexibilidad por parte de las autoridades, sobre todo cuando son varias las que tienen que decidir, pueden resultar en una merma para la habitabilidad de los centros históricos de las ciudades y en un desastre para el patrimonio urbano que se trataba de conservar.
Mi amiga, que durante su estancia en Mallorca conversó con algún agente inmobiliario alemán sobre la situación del sector, dijo que no la sorprendía el que esa isla estuviese en buena parte en manos de habilidosos germanos, que no sólo pueden tratar en su idioma con los compradores de su país, sino que son mucho más agresivos comercialmente que muchos de sus equivalentes españoles.
Es una lástima, me explicó, al despedirse para tomar el vuelo de regreso a Viena, pero es así. Es el comentario de una persona joven que, al igual que toda su familia, conoce bien España, chapurrea el idioma y confiesa amar a sus gentes, entre otras cosas, por sus virtudes como la hospitalidad, la generosidad, la naturalidad o la sencillez de trato, difíciles de encontrar hoy en día, dice, en otros países europeos, pero que ve con pena cómo, por falta de mayor profesionalidad, se pierden al mismo tiempo aquí tantas oportunidades que beneficiarían a los españoles, sobre todo en épocas de crisis como la actual.

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