Enemigos de la educación abierta

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Agustín Zaragozá Granell

En «La sociedad abierta y sus enemigos», el filósofo Karl Popper se plantea una cuestión de enorme calado: ¿cómo podemos evitar mejor situaciones en las cuales un mal gobernante causa demasiado daño? Para este admirable pensador ésa es la interrogación radical de toda democracia, y no quién debe gobernar, cuya fórmula enfoca el pensamiento hacia otra dimensión. A partir de esta clarificación, plantearé una pregunta de corte popperiano: ¿cómo podemos evitar que gobernantes como José Ignacio Wert y Mª José Catalá, entre otros, causen demasiado daño a la educación? Plantearé, al menos, tres principios básicos tomados de la sensatez inherente de quienes nos dedicamos a la educación. No, por cierto, a nivel administrativo y burocrático, sino desde las propias aulas, masificadas y repletas de alumnos de diversas sensibilidades, temperamentos y realidades. El primer principio es el de «igualdad», tomado de Jukka Sarjala. Aprender de esta Ministra de Educación de Finlandia es tarea obligatoria para nuestros ministros y consellers de Educación, llámense Font de Mora, Gabilondo, Wert o Catalá, cuya labor en educación carece de enjundia alguna amén de pasar desapercibida para la historia de la pedagogía. Sarjala ocupó su cargo en el ministerio desde 1970 hasta 1995. Después desempeñó el cargo de directora general del Consejo Nacional de Educación. Su labor más honorable: la de rechazar cualquier escuela que seleccionara a los «más excelentes», motivo por el cual construyó un imperativo legal para combatir y erradicar ese pensamiento fascista que dividía en Finlandia a los «muy inteligentes» de «los no inteligentes». O sea, aniquiló ya en la década de los 70 esa idea según la cual la élite, que no es pueblo, merece una escolarización distinta. Si lo prefieren en términos actuales, «la lucha por la excelencia», expresión muy en boga en la boca de Esperanza Aguirre, quien no titubea al sugerir que «el Bachillerato debería costearse por cada uno porque es un lujo».
La «confianza en el profesorado» es, a mi modo de ver, el segundo principio para construir una educación abierta que combata a los maltratadores y manipuladores de ésta. Los docentes estamos hastiados del desprecio y el ninguneo de nuestros mandatarios. Somos profesionales. Y lo somos muy a pesar del común de los mortales. Lidiamos con aulas masificadas, atendemos realidades complejísimas: alumnos con problemas propios de la niñez, de la adolescencia y con laberintos emocionales que traen desde sus casas o desde su propia maduración. No nos lamentamos de ello. Tampoco de la falta de respeto de muchos alumnos, educados bajo mínimos morales en sus casas, apenas motivados, abandonados a su suerte y olvidados por una sociedad que es incapaz de ofrecer estabilidad alguna. Y una sociedad, por cierto, que padece de un modelo escolar carcelario. ¿Por qué no dejarnos trabajar desde nuestra profesionalidad? ¿Hasta cuándo tantas normativas de sainete que nunca enfocan su atención ni en el alumno ni en el profesorado ni en los problemas reales del aula, sino en los intereses partidistas de los políticos? ¿Acaso somos los docentes el peor gremio del mundo laboral? ¿Se nos paga por nada? Ésa es la impresión que percibimos y ésa es la realidad que padecemos quienes pretendemos contribuir a educar ciudadanos críticos o libres. ¿Será eso, precisamente, lo que pretenden cargarse nuestros mandamases? ¿La defensa de la libertad y la Ilustración? Sorprende que en Finlandia los docentes gozan de un prestigio social encomiable además de un sueldo mucho más remunerado que el de los españoles. Aprende, Wert.
Y el tercer y último principio,: «escuchemos a los alumnos». ¿Quién, aparte de algunos pocos profesores, dialoga con los verdaderos protagonistas de la educación? Se cambian y descambian planes de estudios, materias, horarios, ayudas al comedor, becas, pruebas de la PAU, fechas de recuperaciones, clases de repaso en julio, la enseñanza trilingüe (ja, ja, ja), el mandarín (¡qué importante!), el programa de EpC (¡cuidado con adoctrinar!)€ y yo me pregunto: ¿Se escucha a los alumnos? ¿Son en verdad los protagonistas de la enseñanza? ¿Sabemos cuáles son sus inquietudes, necesidades, intereses, prioridades€? ¿Hay una verdadera intencionalidad de convertir a estas víctimas de la sociedad, que son nuestros alumnos, en verdaderos ciudadanos libres o más bien perpetuarlos en la esclavitud que tan felizmente viven incluso muchos de sus profesores y familias?En resumen, si tomamos la educación en serio €ya va siendo hora€ estos principios deberían tomarse como punto de partida.

  Viñetas de Raúl Salazar

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