Estancamiento

 

José Luis Villacañas

Cuando las cosas no marchan, debemos pensar que el asunto es más profundo de lo que suponemos. Que Europa está empantanada, apenas podemos dudarlo. Nada avanza. Unas declaraciones son neutralizadas por otras contrarias y, cuando se observa el efecto general, sólo tenemos una palabra: parálisis. Aburridos estamos de observarlo y ni siquiera podemos excluir que este nuevo tipo de política, tan lejana de las claridades y decisiones de la soberanía, esté diseñada para cansarnos a todos. Se dice que Europa está en buena parte situada en una sociedad post-materialista. Es posible que sea así, pero en todo caso no hay duda de que está situada en una temporalidad lenta, que ha renunciado a las metáforas de la aceleración y del progreso. ¿Puede ser esto la cifra de un estancamiento evolutivo? ¿Quizá sea el pianísimo de la vejez, que caracteriza a nuestras poblaciones? Pero, ¿y si fuera el síntoma de que las fuerzas que están chocando en Europa son demasiado iguales como para que cualquiera de ellas pueda vencer a la otra de forma inmediata? Y en caso de que sea así, ¿de qué lado están nuestros verdaderos intereses?
Si hay estancamiento evolutivo quizá sea porque las medidas que se pusieron en marcha desde Maastrich afectaban a los fenómenos de superficie, no al ADN de los distintos pueblos de Europa. Se construyó una superestructura de mercado, pero se menospreció el subsuelo. Quizá ahora lo que está manifestándose de una forma sorda sean los estratos más profundos de la vida social, una diferencia que concierne a las placas tectónicas de los distintos pueblos. La relevancia de lo que está en juego puede ser demasiado vital, y afectar a los aspectos centrales de la forma de comprensión de las cosas. Si así fuera, sería comprensible que todo se haya tornado inseguro, vacilante, dudoso. Desde luego, esta valoración nos reconcilia con la realidad. No somos tan malos, tan torpes, tan obstinados, tan mediocres. Es que sencillamente se nos pide que cambiemos cosas que para unos y otros son vitales, profundas.
¿Y si fuera esto lo que define el momento incierto de Europa? Desde luego, se ha hablado tanto de avaricia, insensibilidad, racismo, altanería, hay tanto ruido, que quizá no podamos mirar a los estratos que sostienen las percepciones mayoritarias de las sociedades. Por lo general, estos estratos se mueven en las simas de las experiencias históricas de los pueblos. ¿Y qué conocemos de estas simas? Nosotros, los españoles, que tenemos problemas para relacionarnos con nuestra historia, y que tenemos profundas pulsiones de repetirla, no siempre entendemos que quizá otros han tomado la firme decisión de no permitir que se vuelva a las andadas. El estancamiento evolutivo se muestra casi siempre como la condena a la repetición. Así que debemos preguntarnos: de las fuerzas que se enfrentan en Europa, ¿quiénes miran hacia lo nuevo, hacia adelante, y quiénes lanzan ofertas de puro pasado?
Se ha dicho que todo lo que hay en juego es el pánico alemán a la inflación. Se ha vinculado ese pánico a la experiencia de la República de Weimar. Ni es así, ni es tan simple. Primero, esa hostilidad a la inflación es anterior a la república de Weimar, cuya desgracia mayor consistió en tragarse las consecuencias de la política imperial de Guillermo II. La hostilidad a la inflación procedía de la resistencia ante la política de guerra del Káiser. La causa fue la enorme deuda que se habían contraído para financiar la Iª Guerra Mundial. Los más conscientes de entre los alemanes de entonces, incluso los que estaban animados de un sentimiento patriótico innegable, rechazaron ese nivel de endeudamiento. Pero incluso estos patriotas, muy conscientes de que Alemania no podía ganar la guerra, propusieron que sería preferible una subida de impuestos del 100% antes que una emisión continua de papel moneda. Max Weber se opuso de forma firme a lo que estaba detrás de esta teoría, a saber, que el dinero no tiene valor material por sí mismo, que su valor procedía de la decisión del Estado.
Fue así como Weber reconoció la teoría de von Mises y anunció que, con la política imperial, el dólar sería la moneda mundial y el marco moriría. Producir papel moneda continuo era peor que aumentar los impuestos hasta el doble. Pues una política fiscal dura dejaba a los ciudadanos la mitad de ricos, pero la emisión de papel moneda a la larga los dejaba sin nada. Lo que estaba en juego en este debate, que se puede seguir muy bien en la reciente y monumental biografía que Joachim Radkau ha dedicado al gran pensador, es que el Estado no tiene derecho a intervenir en el valor material del dinero, porque los ciudadanos tienen un derecho natural a mantener su nivel de riqueza. La extralimitación del Estado imperial, su política belicista, su endeudamiento más allá de toda medida, puso las bases del desastre de Weimar y condujo a la crisis de Europa. La decisión alemana de no repetir la historia condujo a retirar al Estado la capacidad de hacer papel moneda. Eso forjó la República Federal. Lo que estaba en juego era decidir qué poder tenía el Estado sobre el derecho natural de los ciudadanos de mantener el valor material de su dinero. O todavía más, cuál era la verdadera función del Estado y si podía disponer de recursos que no estaban votados en el parlamento. Lo que todos sabían es que si el Estado tiene libertad de endeudamiento, entonces tarde o temprano, la devaluación será inevitable.
Estas enseñanzas no configuraron la cultura política de los Estado del sur. De tiempo en tiempo, y todavía lo recordamos, España, por no decir Italia, tenía necesidad de devaluaciones de su moneda. De repente, los ciudadanos se encontraban con que por una decisión del Estado, tenían el 20% menos de su riqueza. ¿A quien le importaba, si muy pocos se asomaban al extranjero, compraban divisas o sencillamente apenas tenían ahorros? En todo caso, vemos que no es pánico a la inflación, sino una comprensión de los límites del poder del Estado y una idea de su función. La pregunta es por qué el Sur tenía una periódica necesidad de devaluaciones. Esto nos lleva a la otra cara de la moneda: en la República Federal, el Estado tenía como misión garantizar la productividad y la competitividad, porque sólo así podría disponer de recursos sin endeudarse. En el Sur la cultura fue diferente: el Estado, administrado por una clase política consciente de la falta de rigor de sus pueblos, lastraba al sistema productivo extrayendo un botín creciente para sí mismo, y para mantener la competitividad, necesitaba devaluaciones.
Y aquí es donde vemos que las fuerzas que chocan en el subsuelo de Europa no pueden evolucionar, salvo al precio de que una parte de Europa cambie su ADN. Y la pregunta que deben hacerse los ciudadanos europeos es sencilla y ya la dije: ¿qué camina hacia el futuro, hacia lo nuevo, la costumbre política del Sur, o la cultura política del Norte? ¿Es bueno que el Sur mantenga esa vieja inclinación a que el Estado sirva a los señores políticos con un botín creciente? ¿O es preferible que el Sur se convierta a la cultura de que el Estado está al servicio de la sociedad, no de sus propios aparatos de poder? ¿Es bueno que el Sur mantenga esa ingente capacidad de intervención del poder político en el poder económico, o es mejor que el sistema político esté en función del sistema social y de objetivos e intereses populares, y no se convierta en un sistema autónomo de casta que pide demasiados peajes a la ciudadanía?
Lo que se juega en la situación de la Europa actual no es una manía ni algo irracional. Están en juego formas señoriales de comprender el poder político como casta o formas políticas funcionales basadas en un juego democrático riguroso de la representación política y al servicio de intereses populares. Está en juego que lo más atrasado, el Sur, acepte una cultura política moderna que impida los fenómenos de expolio y señorío que hemos visto, por ejemplo, en Valencia. Está en juego la pulsión de repetición de la vieja historia del Sur, por un lado, o caminar hacia algo nuevo, por el otro. Y esto pasa por desbloquear el estancamiento evolutivo de nuestros pueblos. Lo que sabemos es que eso no sucederá sin una nueva forma de entender la representación política y la administración pública más rigurosas, funcionales y baratas. Por mucho que tengamos un protectorado europeo de grandes cifras macroeconómicas, al final, como dice el héroe de La Mandrágora de Maquiavelo, «lo demás, tenéis que hacerlo vos». Sólo así bloquearemos la pulsión de repetir una indigna historia de dominación que una vez más nos ha arruinado.

  Viñetas de Raúl Salazar

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  El humor gráfico de Ortifus

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