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El buey y la mula

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Pablo Cabellos Llorente

Caray! ¡La que se ha armado con el buey y la mula! Una noticia tan vieja como el Evangelio ha dado para más que la prima de riesgo. ¿Por qué? En parte, según me parece, por estimar novedoso algo que no lo es: lo único escrito en los Evangelios sobre el nacimiento de Jesús parecido al tema que nos ocupa es que el niño fue recostado en un pesebre, lo que ha dado lugar a la tradición respecto a esos animales, puesto que era habitual que ese tipo de grutas en torno a Belén se usaran siempre como establo.
Otra razón es que, para bien o para mal, las noticias religiosas interesan, lo que posiblemente viene causado por la necesidad que tiene el hombre de creer en algo o en alguien. Y eso vende, aunque sea afirmando que en el belén de la plaza de San Pedro no estarán este año el buey y la mula o que sí residen en determinada catedral, pero más escondidos.
En torno a todo esto se sitúa la prisa por la noticia, la falta de confirmación, no ir a las fuentes: el Evangelio o el libro del Papa. Pero nos hemos quedado en la anécdota sin ir al meollo de la cuestión: Cristo nace en un establo, en un ambiente po­co acogedor, indigno, dice Benedicto XVI. Y el pesebre hace pensar en aquellos animales, puesto que allí comen.
Pero no desprecia el Papa esta tradición, sino que le saca partido para la vida cristiana, afirman­do que la meditación guiada por la fe ha colmado la laguna sobre la presencia o ausencia de estos animales. Cita a Isaías que escribió: «El buey conoce a su amo y el asno, el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende».
Vienen al pelo estas palabras para la situación de perplejidad creada por los medios de comunicación. Parece dar a entender junto al hecho del pesebre, está la narración de los pastores adorando que sólo los sencillos entienden el querer de Dios.
Estos animales están representando en la iconografía cristiana que Dios se manifiesta en un establo, por lo que «ninguna representación del nacimiento renuncia al buey y el asno», escribe el Pontífice. Ya se ve que el Papa tampoco los despide.
Quizá valga la pena recordar otras dos frases de los Evangelios. San Juan escribe que «vino a los suyos y los suyos no le recibieron». ¿Estaremos entre éstos? ¿O tal vez no nos encontramos entre los sencillos, merecedores de estas palabras de Jesús?: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños.»

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