Agua pública

Emili Piera

02.04.2013 | 05:30

Dejar la gestión del agua „del agua de beber y asearse„ en manos privadas es tan desastroso como poner la dirección de la guerra en manos de los contratistas de seguridad del Pentágono, de ahí que la situación en Irak no sea mucho mejor que en la depuradora de Pinedo: saqueo, mal servicio, ruina y futuro incierto. Para frenar en seco procesos tan indeseables dieciséis entidades constituyeron, hace unos días, la Xarxa Valenciana de l´Aigua Pública que persigue, precisamente, que el agua como derecho „como derecho a la vida„, su depuración segura y retorno a los cauces en excelentes condiciones, todo eso, sea garantizado por los poderes públicos y que, por tanto, se mantengan públicas las aguas que aún lo son y se retornen a los municipios las que dejaron de serlo. Han presentado una iniciativa en el Parlamento Europeo y si usted está de acuerdo puede
firmar en http://www.right2water.eu.es.
Con el agua se hace mucha política de campanario, una mezcla explosiva y nerviosa de ruido y folklore, con resultados casi siempre muy pobres y un aumento del capítulo de agravios. Los hechos demuestran que siempre que hay una razonable expectativa de beneficios, nunca falta el agua que se puede conseguir casi de cualquier parte y llevarla a cualquier lugar, previo pago y mediante técnicas en las que nuestro país „cosa llamativa„ está en vanguardia. La iniciativa privada puede hacer cosas maravillosas con el agua „desde cañones de nieve artificial hasta fuentecitas monas en las casas de lenocinio„ pero el agua de beber y asearse, la vigilancia y conservación del recurso, de las corrientes superficiales y profundas del agua, como la salud o la defensa nacional, es un bien demasiado precioso para dejarlo en manos de la codicia. Incluso de la bien intencionada.
Llevamos años tratando de impulsar un uso razonado del agua conforme a las directivas europeas. Pero aquí se tropieza con casticismos correosos y atávicas rivalidades (rivalidad viene de río) en clave político-sentimental. Una vaina. A la ministra Narbona, abandonada por los compañeros, le costó la cabeza.

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