Rajoy borra su memoria

Matías Vallés

01.09.2013 | 05:30

Los ordenadores desmemoriados del PP son una parábola del borrado de la memoria de Rajoy, empeñado en olvidar el dinero y los favores que le debe a Luis Bárcenas. La ceremonia demiúrgica del desventrado informático debió ir acompañada de invocaciones rituales, para acelerar la amnesia colectiva. El empeño inútil de los desagradables Floriano, Alonso y Hernando remeda los conciliábulos de las brujas de Macbeth. El partido en el Gobierno ha descartado la presunción de inocencia, y se conforma con el archivo de la corrupción de su cúpula. Y si no queda otra, descargarán el escándalo sobre Cospedal.
El disco de Rajoy es muy duro, amén de repetitivo. El presidente del Gobierno se presentó a las elecciones como un dechado de honradez, enmarcado en frases capitulares como «yo no dependo de nadie» y «yo no le debo nada a nadie». La personalización intentaba deslindar su figura de un partido menos irreprochable. Pues bien, el líder del PP figura ahora en la nómina de un político corrupto al que los edecanes gubernamentales tildan de delincuente, y que fue encumbrado en el seno de la formación por el propio Rajoy. La cantinela de que se negaba a condenar a Bárcenas hasta que no hubiera pruebas lo descalifica como mínimo para presidir el ejecutivo, una labor en que ninguna desconfianza peca de excesiva.
La destrucción de los ordenadores anuncia su contenido y lanza un mensaje al juez Ruz sobre la impunidad de que se cree investido Rajoy. La anulación mecánica de las pruebas electrónicas no demuestra la ruptura con el tesorero, sino que avala la indiscernibilidad entre el PP y Bárcenas, sellada por el presidente de la formación con promociones  y un contrato laboral póstumo sin parangón en ninguna otra empresa pública. Para entender las lesiones que el escándalo genera en Rajoy, baste imaginar que en la primera mitad de los 90 se hubieran descubierto anotaciones contables en que González figurara como perceptor de sobresueldos, o que Aznar hubiera sido el destinatario de revelaciones similares tras declarar la guerra a Sadam. Curiosamente, el gobernante más imprevisible se colocaba en primera posición a la hora de cobrar, según un testigo tan notorio como el propio gerente y tesorero. Con pagos visados por su predecesor.
Ningún gobernante mundial se enfrenta a una lista de sobresueldos procedentes de turbias donaciones, y emanada del meollo de su partido. Rajoy opone sus medias mentiras a las evidencias, y reclama el derecho a ejercer el poder sin responsabilidad. Desea que le perdonen sin necesidad de confesar, en un guiño social a cambio de los ignotos logros de su mandato. ¿Puede conseguirlo? No cabe descartarlo, pues ha contado con la colaboración cortesana de la prensa de Madrid, dispuesta a arrancarse los ojos si fuera necesario para confirmar que no ve nada. Jamás medió mayor abismo entre la opinión pública y la publicada, que se extasía ante el peligro de Gibraltar que se ha desvanecido sin dejar rastro.
De no mediar su cobijo en La Moncloa, Rajoy ya habría sido llamado a declarar, como máximo representante del PP durante el núcleo de la gestión de Bárcenas. Cabe recordar que los empresarios donantes fueron citados en calidad de imputados. En la circunstancia pública, cuesta imaginar el correcto desempeño de la Presidencia del Gobierno a expensas de una convocatoria judicial, en la instrucción de los delitos más reprobables que un político puede cometer. Desde el punto de vista privado, Rajoy intenta salvar su propio cuello de una situación personal que se agravaría notablemente si perdiera el paraguas gubernamental. 
Rajoy ha borrado su memoria, es el único presidente del Gobierno que se enfrenta a cobros que habrían tenido lugar antes de llegar al cargo. En 2011, y por reconfortante que fuera el primer archivo del caso Bárcenas, ya conocía el funcionamiento de los sobresueldos, mientras exigía austeridad y se presentaba a las elecciones con la etiqueta del presidente más honorable de la democracia, casi un héroe de Frank Capra. Su salvación depende de que contagie a las instituciones, a la prensa y a la sociedad del cinismo de Talleyrand cuando recordaba que «la traición es una cuestión de fechas». El apartado cómico del escándalo es el presunto vacío en que se sumiría el país por la ausencia del hueco Rajoy, cuando Soraya Sáenz de Santamaría parece tan ansiosa por ascender otro peldaño.

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