Las apariencias

03.09.2013 | 05:30

Rafael Rivera

Somos una tribu extraña, la verdad. Cada mañana la radio nos advierte los líos del tráfico, cada puente supone un riesgo por los desplazamientos, cada verano aparece la operación salida o retorno, tanto da, con peligros, atascos, accidentes. Y eso ocurre mientras construimos más carreteras que nunca resuelven los conflictos repetidos. Una especie de espiral infinita que se muerde la cola.
Eso sí, modificamos las normas endureciendo las condenas pero, al mismo tiempo la autoridad, competente o no, banaliza las infracciones e indulta a los privilegiados, sean toreros, bailaores, Carromeros, o simplemente amigos kamikazes que no pagarán ni la multa. Y es que ser de la farándula tiene su aquel. La ley no es igual para todos, en eso también la Constitución nos engañó.
Mientras tanto, los futbolistas exhiben coches que se fabrican para circular a velocidades prohibidas. A menos que tengas un amigo importante „otra vez la amistad„ y te deje su aeropuerto para desahogar la adrenalina. Todo tiene solución.
Pero para futbolista, Raúl, el 7 del universo, que en su homenaje, de interés general, por supuesto, culmina el asunto con unos pasos de toreo al peor estilo de España-cañí. Hace falta ser hortera. En consonancia con Televisión Española, que se atribuye el lastimoso éxito de volver a televisar corridas de toros. Y yo, ingenuo, imaginando que mi pueblo haría un referéndum para ver si se eliminan los astados de las fiestas. Que la fiesta es otra cosa, ¡demonios!, más allá de maltratar a los animales y más allá de los santos olvidados el resto del año. Porque no me digan que si todos los fervores apasionados que florecen en las fiestas fueran sinceros, este mundo sería una balsa de aceite, y nuestras vidas serían ejemplares, como aquellos manuales que leíamos de niños.
Pero nada es lo que parece. A los delincuentes los indultan, los que rezan al santo luego delinquen sin pestañear, los futbolistas torean y las fiestas consisten en asaetar animales; el tráfico trae carreteras, y las carreteras tráfico, los coches pueden circular a la velocidad que no deben y los aeropuertos, bueno, de los aeropuertos ni hablamos. Sin duda, somos una tribu extraña.
Ya lo decía mi abuelo, las apariencias engañan. Por eso hay que estar atentos.

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