Este disloque

03.09.2013 | 05:30

Francisco Esquivel

No hace tanto que se jubiló, supuestamente para descansar y disfrutar, ahora sí, del tiempo libre junto a la familia. Acumuló trienios junto a unas cuantas de nuestras primeras autoridades, a las que prestó el servicio demandado y más, con una discreción a prueba de bomba en un puesto siempre resbaladizo por la cantidad de movimientos que desde él se perciben. Que yo sepa, pocas quejas tuvieron los superiores si es que hubo alguna. Existe mucha gente de extracción humilde que nace sabiendo estar. Que tiene categoría y la demuestra andando. Pese a la cantidad de veces que coincidí, jamás lo vi torcer el gesto. Hasta el otro día en que, por mucho que intentase conservar la compostura porque es lo que le sale, no cejaba en rebelarse hacia cuanto le rodea.
Efectivamente, como tantos otros de su generación hoy en día, el jubileo está siendo de padre y muy señor mío. Tras quedarse colgado de la brocha y separarse, un hijo de cuarenta y tantos ha vuelto con dos criaturas a casa de los abuelos. Pero al no encontrar tajo y no poder aportar así el sustento correspondiente „de casta le viene al galgo„, tiene tocadilla la moral y su viejo, al que tantas veces escuché agradecerle a la vida todo lo que le había sonreído, se mortifica y reza. Sólo ha habido un momento para... Fue cuando el chaval ya talludito sacó el número uno en las oposiciones, pero la plaza se encuentra congelada hasta que a la institución pública de marras le dé por salir del atolladero en el que todas han caído de cabeza. ¿Qué habrá pensado ese hombre cabal, tan orgulloso de una trayectoria profesional desarrollada con verdadero afán, cuando se haya enterado de que el mismísimo presidente de la Generalitat ha aumentado su equipo de asesores un 4o % mientras el sitio de su hijo, sin embargo, ni está ni se le espera? Pues lo mismo que piensa todo el mundo, excluyendo a los asesores, por razones obvias.

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